Contra el imperialismo, abierta a la clase trabajadora y «al servicio del pueblo»: cómo fue la reforma universitaria de 1973
Mariano Millán, docente de la
UBA e investigador del Conicet, cuenta las claves del proyecto transformador de
la Universidad Nacional y Popular, a 50 años de la asunción de Héctor J.
Cámpora como presidente. Un momento crucial (con tanto optimismo como ebullición)
de la historia argentina de la segunda mitad del siglo XX. Qué buscó, quiénes
fueron actores centrales y por qué fue silenciado en las décadas siguientes.
24/05/2023
Por: Gustavo
Sarmiento
Eclipsado por el acto de este jueves y los
20 años de la asunción de Néstor Kirchner, se viene otro aniversario central de
la historia argentina de la segunda mitad del siglo XX: la llegada
de Héctor J. Cámpora a la
presidencia. Eran otros tiempos, otra sociedad, otras luchas, algunos
poderes fácticos que ya estaban en ese entonces, y un optimismo por las
transformaciones profundas que se buscaban concretar.
En ese contexto, las
universidades florecieron como un actor social que refleja la
ebullición que se vivÃa en esos primeros años setenta, con una reforma
universitaria camporista liderada por la izquierda del peronismo y con un
diagnóstico muy crÃtico de la universidad previa, a la que se calificaba de
elitista, cientificista y al servicio del imperialismo. En contraposición, la
nueva universidad se planteaba en términos de «universidad del pueblo» y «al
servicio de la liberación nacional”.
Mariano Millán, docente de la UBA e
investigador del Conicet, acaba de publicar junto a Juan Sebastián Califa
el libro Resistencia, rebelión y contrarrevolución. El movimiento
estudiantil de la UBA, 1966-1976 (Editorial Edhasa), donde
reconstruyen las luchas estudiantiles en la Universidad de Buenos Aires desde
la resistencia inicial contra la autoproclamada ‘Revolución Argentina’, la
rebelión generalizada de fines de los ’60 y principios de los ’70, las
esperanzas de los primeros meses del tercer peronismo y su posterior
destrucción contrarrevolucionaria por el terrorismo de Estado cuyo germen
estuvo en el propio justicialismo de derecha.
En diálogo con Tiempo destaca
que «el ’73 debe pensarse en una escala temporal más amplia. En Argentina la
militancia estudiantil posee una extensa y rica tradición. Este es un
factor relevante para comprender las caracterÃsticas relativamente democráticas
y menos marcadamente jerárquicas de nuestras universidades en comparación con
las de otros paÃses. Se puede nombrar la Reforma Universitaria de 1918, pero
también el largo proceso de radicalización que comenzó con Laica o
Libre entre 1956 y 1958 y alcanzó su cenit entre 1969 y 1971/1972; y
los movimientos de los largos años sesenta, en cuyo seno es difÃcil de exagerar
el protagonismo juvenil, y el calentamiento de la Guerra FrÃa en América Latina
luego de la Revolución Cubana».
«En paralelo existÃan corrientes
católicas y nacionalistas que defendÃan una mirada jerárquica de las facultades,
donde los profesores se ubican en la cima de relaciones no igualitarias ‘por
naturaleza’. Desde 1918 estos grupos combatieron violentamente al reformismo
universitario y su militancia, considerada una versión del comunismo y en los
’60 y ’70 se abroquelaron alrededor de la derecha peronista, articulada en
espacios gremiales, militares y policiales, desde donde lanzaron ataques
parapoliciales contra el activismo».
Organizaciones reciben a Cámpora en su
llegada a Chubut en 1972, meses después serÃa presidente.
–¿Qué caracterizó a las universidades
nacionales durante el perÃodo de Héctor J. Cámpora?
-El perÃodo de Héctor Cámpora fue
verdaderamente fugaz. En las universidades, como en tantos otros espacios,
fueron las semanas de las tomas y la disputa por la orientación de las
facultades en el nuevo perÃodo, tras siete años de dictadura. Es cierto que pese
a la brevedad de la presidencia de Cámpora, muchos aspectos de la lucha
polÃtica en estas instituciones persistieron luego de su derrocamiento. No
obstante, es razonable sostener que aquellos fueron los dÃas de mayor y más
fundado optimismo para las corrientes combativas en el trienio 1973-1976. De
allà que para una considerable porción de la masas estudiantiles 1973 fue un
momento de esperanza, de encendidos debates sobre los programas de formación,
sobre los objetivos de las profesiones y disciplinas cientÃficas, y de
participación polÃtica bajo el ala de los grandes partidos del paÃs. También es
cierto que para otra parte era una etapa caótica. Los conflictos
imposibilitaban la vida académica. Según muchos testimonios, las clases en
estacionamientos, la carencia de docentes idóneos o el escaso respeto a los
planes de actividades evidenciaban que las autoridades no eran capaces o no
deseaban organizar cursadas en condiciones adecuadas. El nuevo gobierno designó
decanos y rectores interventores mayormente avalados, cuando no sugeridos, por
las agrupaciones estudiantiles de la izquierda del peronismo. Estos nuevos
funcionarios cesaron la represión contra el activismo. Se cancelaron las
sanciones a alumnos y se consideraron a los centros y agrupaciones como actores
legales y legÃtimos de la polÃtica universitaria. La salida de los militares
del gobierno y el triunfo FREJULI eran vistos por el movimiento estudiantil
como triunfos populares que configuraban un nuevo panorama polÃtico. La
legalización formal, que ponÃa sobre el papel la realidad cotidiana de las
facultades, representaba el primer paso de grandes cambios demandados y
ensayados poco antes: la enseñanza y evaluación grupal, el ingreso irrestricto,
el cese de los vÃnculos de las universidades con las corporaciones
multinacionales, el juicio y separación de docentes partÃcipes de la represión
o directivos de empresas estadounidenses, entre otras.
Dos polos
Millán describe el mapa polÃtico estudiantil
de 1973 como algo «peculiar», con la novedad de la emergencia de la JUP, «una
corriente oficialista organizada poco antes en base a numerosos grupos
pequeños, que alcanzó la preeminencia en Buenos Aires. La JUP, afÃn a
Montoneros, integraba el explosivo FREJULI, un mosaico de
agrupamientos tironeado por los polos de la Tendencia
Revolucionaria y la Ortodoxia. Esta corriente
conquistó cargos relevantes en la educación en general y en la universidad en
particular. En un plomizo clima de mutua potenciación entre interna peronista y
Guerra FrÃa, la JUP, al igual que Montoneros, oscilaba entre el apoyo y la crÃtica
a un Perón que poco disimulaba sus preferencias por la Ortodoxia y
la convicción de que la lucha interna estaba por encima, en términos
estratégicos, de la constitución de un bloque amplio de las izquierdas más allá
del peronismo».
-¿Cómo fue el desempeño de la izquierda
peronista universitaria en esos años?
-La izquierda del peronismo reconoció
numerosas iniciativas del movimiento estudiantil preexistente, aunque no
faltaron las ocasiones en que las consideraba como de su peculio. Generalmente
pensaba alcanzarlas gracias a la gestión de funcionarios afines. Esta
orientación suscitaba debates en una generación de activistas que no siempre
habÃan desenvuelto una estrategia similar. Por ejemplo, los guevaristas de la
revista Nuevo Hombre sostenÃan que la JUP destinaba el grueso
de sus movilizaciones a la promoción o defensa de directores, decanos o
rectores, mientras los trotskistas del PST se preguntaban si se debÃa “confiar
en los funcionarios o en la lucha”. En paralelo, era ostensible que la huella
mnémica de la antinomia entre Reformismo y Peronismo, tan aguda entre 1943/6 y
1955, producÃa conflictos entre la izquierda justicialista y sus aliados
comunistas, de fracciones radicales y socialistas. En ciertos momentos la JUP
criticó la autonomÃa o los centros de estudiantes, aunque no faltaron los casos
donde esta corriente se abastionó allà frente a la ofensiva de la dirección
partidaria.
-¿Y los docentes?
-Se han mencionado las diversas posturas
estudiantiles. Pero también fueron diversos los posicionamientos docentes,
hasta ahora menos analizados. Un sector conservador, llamado “continuismo” por
el movimiento estudiantil, eran los profesores de extensa trayectoria,
mayormente designados en facultades profesionalistas, que se encontraban
ligados al poder económico y al sistema bipartidista. Por otro lado se
encontraban los profesores que se radicalizaron en los años previos, muchos
expulsados en 1966, con distintos tipos de relaciones con la JUP y la
conducción universitaria. En tercer término se encontraban los jóvenes
auxiliares, donde parecen predominar quienes defendÃan a la gestión del ‘73. Se
trata de un aspecto relevante para comprender la estructura universitaria y las
dificultades para transformarla.
Por último, es necesario pensar el año de
1973 como una bisagra entre el ’68 y el Terrorismo de Estado, algo que se nos
presenta como evidente cuando recordamos los golpes de Uruguay, entre la
Masacre de Ezeiza y la caÃda de Cámpora, y de Chile, poco antes de la elección
de septiembre cuando se impuso Perón. Por ello hoy se debate si aquella
experiencia universitaria fue una continuidad con las luchas de los años
previos, desbaratada por una brutal e inédita la represión, o si la
institucionalización y la militancia en favor de los partidos del régimen restó
al movimiento estudiantil de claridad para responder la ofensiva derechista
impulsada por esos mismos partidos.
Nacional y popular
-¿De qué se trató el proyecto de la
Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires?
-En los años ’70 hubo muchas iniciativas de
resistencia, pero también de creación de nuevas formas pedagógicas, de
formación más en general, de cuestionar y repensar el sentido de las
profesiones, las ciencias y las artes, aquà en nuestro paÃs y en otras
naciones. Hay que pensar en ese concierto el proyecto de la Universidad
Nacional y Popular de Buenos Aires (UNPBA), es decir las polÃticas promovidas
en 1973 por las autoridades universitarias y la militancia estudiantil de la
izquierda del peronismo, sobre todo la JUP, que fueron defendidas por parte del
radicalismo, por el comunismo, e incluso concitaron atención expectante en
otras corrientes marxistas.
-¿Cuál era el diagnóstico?
-Se caracterizaba a la Argentina como un
paÃs dependiente y/o semi-colonial que estaba en el camino hacia la liberación
nacional y social. La única posibilidad de que las universidades contribuyeran
a la buena consecución de ese tránsito histórico radicaba en una transformación
de sus estructuras, que pusiera fin a su colaboración con el sistema
oligárquico-imperialista, y las ponga al servicio de los intereses de la nación
y del pueblo. El primer paso era la ruptura de las relaciones de la universidad
con el imperialismo, las multinacionales y los recursos que aportaban sus
fundaciones, los cuáles sólo podrÃan aceptarse cuando no existiera ningún tipo
de condicionamiento. Asimismo, la universidad debÃa abrirse al pueblo, con la
eliminación de todo requisito para la inscripción excepto la educación
secundaria, con la apertura de oferta académica compatible con los horarios de
la clase trabajadora y una polÃtica de becas. Las facultades debÃan cesar a
todos los profesores que trabajaran para los monopolios transnacionales o para
el aparato represivo. Al mismo tiempo, debÃa cuestionarse la separación entre
trabajo manual e intelectual, con la inclusión de prácticas laborales desde el
comienzo, la adopción de formas pedagógicas menos teóricas, elaboración grupal
y la complementación entre docencia y extensión. Las universidades debÃan
producir conocimiento útil para los trabajadores y para el Estado argentino. Y
debÃa existir libertad para el activismo estudiantil.
-¿Hasta qué punto pudieron avanzar con esas
ideas?
-Tuvieron intentos de puesta en práctica
dispares. Buena parte de la docencia de Arquitectura, FilosofÃa y Letras o
Exactas y Naturales se mostró abierta cuando no partÃcipe de los cambios. Es
cierto que no faltaron debates conceptuales o sobre los modos en los cuales se
pensaba alcanzar ciertos fines. Por ejemplo, los comunistas cuestionaron la
concepción nacionalista/peronista de la ciencia que en ocasiones la reducÃa a
mero instrumento del imperialismo y pusieron en valor a la revolución
cientÃfico-técnica del mundo contemporáneo. El tono cambió cuando empeoró la
situación polÃtica. En ese momento ya se habló abiertamente el carácter
doctrinario de ciertas actividades y contenidos. Asimismo, en otras facultades
como Derecho o Económicas, los cambios fueron más resistidos por los
profesores. Algunos denunciaron el carácter ideológico de las prácticas y los
criterios de favor polÃtico de las designaciones docentes.
-¿Y cuál fue la posición del Ejecutivo?
-El gobierno nacional alternó intentos de
moderar el proyecto de la UNPBA con actitudes de rechazo. No se asignaron más
recursos para conseguir los nuevos objetivos. Las designaciones permanecieron
en el plano de los interinatos y sujetas a la disputa dentro del gobierno y del
partido. El rector Rodolfo Puiggrós, emblema de la UNPBA, fue destituido a
principios de octubre del ’73, el mismo dÃa que apareció el tristemente célebre
“Documento Reservado” que proclamaba una guerra contra la infiltración
marxista. Puiggrós habÃa renunciado porque le señalaron que Perón, que todavÃa
no era presidente, lo habÃa solicitado. En una reunión posterior con el
caudillo justicialista se aclaró la situación, pero el rector no fue repuesto
en el cargo. Puiggrós fue reemplazado por el secretario académico Ernesto
Villanueva, también de la izquierda del peronismo, quien permaneció al frente
de la universidad hasta la sanción de la nueva ley, en marzo de 1974.
Mariano Millán.
Cuenta Millán que el movimiento estudiantil
habÃa sido central en la lucha contra la dictadura, pero la nueva y frágil
democracia lo marginó de la gestación de la ley universitaria. La “Ley Taiana”,
producto de un acuerdo entre peronistas y radicales en el Congreso, reconoció
el ingreso irrestricto y la participación estudiantil en el cogobierno, aunque
prohibió la práctica polÃtica en los claustros e indicó la arbitraria figura de
la “subversión” como causal de intervención.
«No se trataba de aspectos accesorios, sino
de un peligro que se cernÃa sobre la militancia estudiantil y la UNPBA en el
contexto de los golpes de Estado en Buenos Aires y Córdoba, del endurecimiento del
Código Penal, las modificaciones de la Ley de Asociaciones Profesionales en
favor de las direcciones sindicales, la expulsión de los diputados de la Tendencia y
las reuniones de Perón en la Quinta de Olivos con dirigentes juveniles de
ultra-derecha», acota.
-¿Cómo siguió el proyecto de la universidad
nacional y popular al año siguiente?
-Entre marzo y agosto de 1974 se debatió
cómo adecuar la UNPBA a la nueva ley. Sin embargo, las condiciones polÃticas
presentaron escollos de consideración. La tensión entre Perón y Montoneros
produjo la fractura de la Lealtad, que cuestionó muchas de las prácticas de la
JUP. Al mismo tiempo, el ingreso récord de 1974 no fue recibido en condiciones
adecuadas: no habÃa espacio o docentes designados, cuando no ya planes de estudio.
Al respecto, las autoridades denunciaban las dificultades financieras. Se
estima que cerca de la mitad de los nuevos inscriptos abandonaron los estudios
en pocas semanas. Por otro lado, el encono del presidente envalentonó a las
fuerzas derechistas, como puede leerse en la revista El Caudillo. A
su vez, en varios casos las autoridades igualaron “las violencias”, como el
rector Solano Lima, cuando pidió a los estudiantes “ahorrar sangre de los
argentinos”. La expulsión de Montoneros frente a la Casa Rosada el 1° de Mayo,
resultó el punto de llegada de estas tendencias.
–¿Y tras la muerte de Perón?
-Tras la muerte del presidente, su viuda,
Isabelita, reorganizó el gabinete y nombró a Oscar Ivanissevich, quién aceleró
la escalada. Comandos parapoliciales atentaron contra la decana de FilosofÃa y
Letras Adriana Puiggrós, asesinaron al profesor Rodolfo Ortega Peña y a Pablo
Laguzzi, hijo del rector interino afÃn a la JUP. A su vez, en Derecho
Montoneros anunció su pasaje a la clandestinidad, acción que comenzó una larga
crisis con sus aliados comunistas y radicales. La Misión Ivanissevich, como la
llamaron sus contemporáneos, fue una cruzada represiva sin precedentes: más de
30.000 docentes despedidos, más de 100 universitarios asesinados y/o
desaparecidos y decenas de carreras cerradas.
Alberto Ottalagano, quien se proclamaba
fascista, fue nombrado al frente de la UBA. Cerró varias facultades, anuló las
modificaciones a los planes de estudio, estableció un régimen de celadores
parapoliciales y persiguió a la militancia estudiantil. En el marco de un
gobierno democrático, habÃa comenzado el terrorismo de Estado.
La Universidad de La Plata, una de las que
tuvo mayor activismo estudiantil en esos años.
Para fines del ’74 y comienzos del ’75 se
fracturó el principal activo de la JUP en el movimiento estudiantil: la
aquiescencia con su diagnóstico. Atrás quedaba el consenso positivo de otras
corrientes respecto de la gestión comenzada en mayo de 1973 y se extendÃa un
cuestionamiento del sectarismo de Montoneros y su agrupación universitaria. El
MOR y Franja Morada aplicaban a la JUP lo que ésta aplicaba al ERP: la
violencia ultraizquierdista, ajena a las masas, es una excusa perfecta para la
violencia de la derecha. Eran los embriones de la teorÃa de los dos demonios,
de gran repercusión en los ’80.
-¿Qué queda hoy en dÃa de aquellas
iniciativas e ideas de universidad?
-Entre los funcionarios universitarios y del
Estado no encuentro casi nada del espÃritu transformador de los ‘70. Es verdad
que algunos dirigentes de aquellos años reivindican varias experiencias en las
facultades, pero generalmente toman distancia de las formas de ejercicio de la
polÃtica que las hicieron posibles o probables, porque no debemos olvidar que
muchas de las iniciativas del ’73 se intentaron llevar a la práctica durante un
perÃodo brevÃsimo. A su vez, varias de estas personas han sido funcionarios por
décadas y en ese rol hicieron muy poco por implementar transformaciones como
las que proponÃan en su juventud. Incluso hay quienes consideraron como
ineluctables muchos mecanismos del neoliberalismo como la evaluación externa
(CONEAU), la separación institucional de la docencia y la investigación
cientÃfica, alojada en organismos carentes del demos universitario
(CONICET), ni que hablar de los acuerdos con empresas transnacionales.
Soy más proclive a pensar que el hilo de
continuidad es más visible en la generación militante de fines del siglo XX y
principios del XXI, cuando el movimiento estudiantil vivió un ciclo de alta
combatividad. En este momento me encuentro trabajando sobre ese perÃodo y es
notorio que la izquierda estudiantil, tanto la marxista como la autonomista, no
sólo se veÃan herederas de las luchas de los ’70, sino que varias de sus
iniciativas y formas de acción se le parecÃan en algunos aspectos. Hablo de
quienes confrontaron el ajuste y los intentos del gobierno peronista de Carlos
Menem por reformar las universidades en un sentido neoliberal con la
movilización y la acción directa. Fue una generación muy solidaria con el movimiento
piquetero, con las fábricas recuperadas, con las luchas ambientales y luego
también con las de las mujeres y las disidencias. Sin embargo, ese es un sector
que retrocedió bastante en los últimos años.
El libro de Mariano Millán y Juan Sebastián
Califa.
-¿El sector universitario argentino supo ser
de vanguardia en la región en esas décadas de los ’50 a los ’70?
-El sistema universitario argentino durante
la Guerra FrÃa fue uno de los más masivos e inclusivos de América Latina, con
una actividad destacable en la investigación y divulgación de la ciencia. Este
sistema fue terreno fértil para la socialización polÃtica e intelectual de las
juventudes y las izquierdas. Desde ese punto de vista podrÃa pensarse que sÃ,
que fue de vanguardia en esta parte del mundo. Pero debe entenderse que ese
sistema no era “100% argentino”, sino que aquello observable en las principales
facultades de ciencias del paÃs eran nodos de redes transnacionales, donde los
y las argentinas se formaban, competÃan y colaboraban con colegas de otros
paÃses, entre los cuales se cuentan los de Latinoamérica, naturalmente. Basta
con asomarse a las ediciones de EUDEBA o a las controversias sobre el
“cientificismo” y los aportes de las fundaciones de las multinacionales para
comprender este aspecto.
-¿Por qué se conoce tan poco de la reforma
universitaria planteada en 1973?
-Los cuadros civiles y militares de la
burguesÃa argentina ejercieron el terrorismo de Estado para transformar el
paÃs, la nominación de Proceso de Reorganización Nacional, con la que
denominaron su régimen, no era una invención fantasiosa, pues llevaron adelante
un genocidio “reorganizador”. Se propusieron desterrar todas las tradiciones de
lucha y sumergirlas en el olvido. Las universidades eran un espacio con más de
60 años de conflictos, donde emergieron prácticas que interpelaban las
jerarquÃas, que convocaban a la participación polÃtica, que invitaban a la
reflexión y debate sobre la realidad nacional e internacional. Por eso habÃan
sido uno de los terrenos más fértiles para las izquierdas en nuestro paÃs. La
reorganización conservadora tenÃa como requisito destruir ese espacio y
reorientarlo hacia la difusión de los valores occidentales y cristianos y hacia
la formación de profesionales útiles para la acumulación de capital. Por ello
se perpetraron varios miles de secuestros y desapariciones, se “redimensionó”
el sistema con un achicamiento de la matrÃcula, se vigilaron las facultades con
agentes de inteligencia, se eliminaron contenidos “ideológicos” y se suprimió
el demos universitario con la anulación del co-gobierno y la prohibición de las
agrupaciones, centros y federaciones.
Fuente: Tiempo Argentino
No hay comentarios:
Publicar un comentario