25 de Mayo, el legado
Por Carlos Girotti
22 de mayo de 2023 - 00:01
Ese 24
de mayo, a la noche, la plaza verá llegar las primeras columnas. Son militantes
organizados. Algunos, algunas, emergerán de la clandestinidad, otros
simplemente se acercarán guiados por las banderas y los cánticos. En horas
nomás asumirá la presidencia Héctor Cámpora. El otoño de 1973 llega de la mano de
la victoria popular y ésta se adueña de los corazones y las calles.
Carlos
Sfeir es un pibe de 17 años que el próximo diciembre finalizará el colegio
secundario e integra el frente estudiantil del partido Vanguardia Comunista.
Él, como muchas y muchos otros de su edad, habrá recitado ya, decenas de veces,
el poema de Armando Tejada Gómez y con emoción habrá dicho: “Andar de
adolescencia en bandolera/ es andar de testigo y acusado/ por los atardeceres
sin orillas/ absurdamente ausente de los pájaros”. Sabe, Carlos, que ese 25 la
Plaza de Mayo será el gran escenario nacional, que allà estará Dorticós, el
presidente cubano, y Salvador Allende, el chileno, y que millares de jóvenes
como él saltarán de alegrÃa y cantarán y putearán a los milicos en retirada. Entonces,
Carlos lo llama a su amigo Gustavo Rollandi, que también es compañero de
estudios y de militancia y que tiene su misma edad, para sumarse juntos a la
fiesta popular.
Pero, a la tardecita de ese 25, muchas de las columnas que habÃan ocupado la plaza y sus inmediaciones inician otra movilización. No existen los teléfonos celulares y el boca a boca pasa la consigna, el santo y seña de la esperanza: a Devoto, a liberar a los compañeros. Nadie podrá explicar ahora, medio siglo después, cómo esa misma consigna se reproduce en simultáneo en Tucumán, en Rawson, Resistencia, Córdoba, La Plata y que miles de personas se congregaran frente a los portones blindados de las cárceles en donde estaban los presos polÃticos de la dictadura.
En la
cárcel porteña de Villa Devoto, poco más de doscientos prisioneros, entre
hombres y mujeres, ya habÃan iniciado una tensa vigilia. En los pabellones se
confeccionaban banderas y se pintaban las puertas de las celdas con los nombres
de los caÃdos. Un trasegar de defensores, integrantes de la Asociación Gremial
de Abogados de Buenos Aires que defendÃa a los presos polÃticos, iba del penal
a los despachos del nuevo gobierno para exigir la inmediata libertad de los
compañeros. HabÃa dudas, cavilaciones en torno a si era mejor el indulto que la
amnistÃa; pero la presión no amainaba y alrededor de 40000 manifestantes se
aproximaban a las paredes de la cárcel y entre ellos, Carlos y Gustavo.
La
multitud clamaba frente al portón de la calle Bermúdez mientras desde las
ventanas enrejadas los presos colgaban las banderas de sus respectivas
organizaciones revolucionarias y por doquier se escuchaba: “¡Abran, carajo, o
la tiramo abajo!”. Hasta que Héctor Cámpora, presidente de la Nación,
finalmente firma el indulto y ordena que se libere de inmediato a todas y todos
los presos polÃticos. La algarabÃa es total en todas las cárceles. Julio
Troxler, sobreviviente de los fusilamientos de José León Suárez y jefe de
policÃa de la provincia de Buenos Aires, se encarga él mismo de abrir las
puertas de la cárcel de La Plata.
Sin embargo, y ya en la madrugada del dÃa 26, un rumor corre entre quienes todavÃa permanecÃan en las inmediaciones del penal de Villa Devoto: no los liberaron a todos. Hay corridas, gritos, y empujones frente al portón. De repente suenan los primeros disparos. Son de las pistolas lanzagases y provienen desde adentro de la cárcel. Arrecian las puteadas, las consignas de replegarse y reagruparse hasta que en medio del caos una bala de plomo impacta en el cuerpo de Carlos Sfeir, que cae muerto. No lejos de allà otro pibe, de 16 años, es asesinado por los disparos provenientes desde adentro de la cárcel y desde las torres de vigilancia. Se trata de Oscar Horacio Lysac, militante de la JP.
Gustavo
Rollandi no sabe, no puede saberlo aún, que tres años después de aquella noche
en Devoto, con la dictadura cÃvico militar eclesiástica en pleno apogeo, él
mismo caerá preso y será torturado hasta el cansancio de sus verdugos, y
tampoco sabe, en medio de la balacera y la estampida por la calle Bermúdez, que
su amigo Sfeir ya ha sido asesinado. Corre junto con los demás, busca
guarecerse de las balas hasta que llama a la puerta de una casa. Para su
sorpresa, no solo se abre la puerta sino que una mujer lo toma fuerte de un
brazo y lo mete para adentro.
Apenas
si alcanza a recobrar el aliento cuando piensa que, en esas condiciones, con la
policÃa y los penitenciarios rondando por las cercanÃas, no podrá salir del
barrio. Sabe, además, que sus compañeros de Vanguardia Comunista esperarán dos
horas hasta que llegue a la cita de control y que, si no lo hace, irán a su
casa para avisarle a la familia y para sacar de allà todo y cualquier elemento
comprometedor que sirviera para acusarlo tras el seguro allanamiento. Entonces
le pide a la señora que lo protegió que le deje hablar por teléfono. Consigue
comunicarse con su madre y la tranquiliza, pero él perderá su calma y estallará
de rabia al dÃa siguiente cuando se entere de la muerte de Carlitos Sfeir.
ParecÃa inconcebible que después de tantos años de penurias, con todo lo que los trabajadores habÃan padecido a partir del derrocamiento de Juan Perón y, sobre todo, con todo lo que habÃan luchado y resistido, vinieran a ocurrir aquellas muertes. Dos adolescentes que habÃan entregado sus vidas justo cuando el pueblo al que pertenecÃan iniciaba los festejos por el triunfo tan esperado.
Hoy es posible decir que la ofrenda laica de aquellas vidas era parte del torrente popular que, a lo largo de casi dos décadas, se habÃa constituido en una fuerza social orgánica que tenÃa a la clase trabajadora como su eje articulador y que, en torno a ella, habÃan confluido todos los sectores sociales expoliados por la clase dominante. Pero, en aquel entonces, no era tan fácil como ahora conceptualizar el perÃodo, a lo sumo, la consigna “Luche y Vuelve” proveÃa de sentido a todos los esfuerzos, incluyendo aquà a la pérdida irreparable de tantos compañeros y compañeras.
Aquel
25 de Mayo, pues, la liberación de los presos polÃticos representaba la
convalidación de toda la lucha porque, en definitiva, Perón habÃa podido
regresar a la Patria gracias a ellos, a todos los caÃdos y a la presencia
indómita del pueblo en las calles.
Después
de aquél hubo otros 25 de Mayo históricos. El próximo, el que viene dentro de
unos dÃas, traerá el recuerdo cálido de Néstor Kirchner, el inicio de su
gobierno en 2003, cuando dijo que venÃa a compartir un sueño. Y también hubo el
25 de Mayo de 2018, cuando la entonces CTA-T (hoy Central de Trabajadores y
Trabajadoras de la Argentina), junto a un puñado de organizaciones barriales,
empresariales, eclesiásticas y sindicales, organizó un multitudinario acto en
la avenida 9 de Julio con la consigna “La Patria está en peligro. No al FMI”.
Rollandi, que para ese entonces era el secretario de Organización de la CTA-T,
aseguraba a quien quisiera escucharlo en las reuniones preparatorias que se
hacÃan en una iglesia del microcentro, que se juntarÃa más de medio millón de
personas. Y no se equivocaba.
Ahora,
este próximo 25 de Mayo, precedido por la ratificación explÃcita de Cristina de
no ser candidata, reabre la disputa por el sentido de la movilización, esto es,
por la razón de ser del pueblo volcado a ocupar el espacio público. Quizás, la
evidencia de que es preciso construir, como ocurrió entre el perÃodo que fue
desde 1955 hasta 1973, un protagonismo popular activo, una capacidad de incidir
en los destinos de la sociedad luchando contra las proscripciones y la
represión, pueda lograr que una nueva generación de dirigentes y militantes
tome el timón de la Historia.
El 25
de Mayo de 1973 fue, como es sabido, un punto de inflexión porque toda una
generación se habÃa hecho cargo de ello. Medio siglo después, anoche para ser
preciso, Gustavo Rollandi rememoró aquellos hechos y no pudo menos que recordar
al padre de Carlitos durante el velatorio. Dice que sintió de nuevo el abrazo
que aquel hombre, destrozado por el dolor, le diera y escuchó, como si fuesa
una letanÃa, sus palabras, una y otra vez: “Si les habré preparado la leche a
vos y a Carlitos”. Era, sin dudas, el legado de una generación a otra.
A
Pancho Nenna, in memoriam.
Fuente: Página/12
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