Opinión
La herencia polÃtica de Trump
Por Atilio A. Boron
Imagen: AFP
Cualquiera que sea el resultado final de esta elección,
el de las urnas y el del litigio judicial que seguramente tendrá lugar, hay una
conclusión insoslayable y preocupante: el desempeño electoral de Donald
Trump fue excepcional para un presidente que es responsable de una tragedia
sanitaria como la de la Covid-19 que al momento de escribir estas
lÃneas causó 239.012 vÃctimas fatales, cuatro veces el
número de soldados caÃdos en la guerra de Vietnam. Malos o mediocres
indicadores macroeconómicos en ocupación, salarios, caÃdas en manufacturas,
minerÃa y construcciones que se comparan desfavorablemente con la presidencia
de Barack Obama y contrastan con estridencia ante la expansión de los
negocios especulativos en Wall Street y las obscenas reducciones en los
impuestos a los más ricos.
La beligerancia de Trump: guerra comercial con
China, deterioro de la Alianza Atlántica y los bloqueos y sanciones
económicas a varios paÃses crearon un clima de zozobra, al cual se
unió el estallido de las protestas sociales más
multitudinarias y violentas desde 1968 y el vigoroso resurgimiento de la
“cuestión racial” catapultada por reiterados guiños desde la Casa Blanca a las
policÃas locales para reprimir con todo el rigor posible a los descontentos, y
si eran afroamericanos mejor aún. Sin embargo: ni la vitalidad del “Black lives
matter” y todo lo enunciado más arriba alcanzaron para precipitar una derrota
aplastante de Trump, como pronosticaban la gran mayorÃa de las encuestas.
El secreto de este desempeño es la mutación del partido
republicano “reformateado” por Trump al ampliar su base social y solidificar un
apoyo “plebeyo” del que antes gozara sólo marginalmente. En los ochentas del
siglo pasado Ronald Reagan habÃa cosechado un importante apoyo en algunos
sectores de las clases populares, pero nada comparable en extensión e
intensidad con lo del magnate neoyorquino. En extensión, porque penetró
en amplios segmentos de los obreros manuales antes cotos de caza de los
demócratas; a ellos sumó a los agricultores más pobres, a la olvidada gente del
interior profundo del paÃs y las empobrecidas capas medias.
En intensidad, además, porque Trump demostró ser un
comunicador excepcional: en los mÃtines públicos de Estados Unidos no hay
mayores registros de multitudes de 30 o 45 mil personas gritando, como en una
asamblea de cultos milenaristas, ‘te
amamos, te amamos’, como lo consigna un asombrado David Sherfinski en una
nota del Washington Times este
miércoles. Un demagogo desatado, poseÃdo por una nietzschiana voluntad
de poder que exalta como patriotas a los automovilistas que acosaron y
bloquearon al bus en que viajaba Joe Biden por Texas; que desafÃa la
legislación electoral y cualquier otra, incluida la tributaria; que se burla de
la “corrección polÃtica” tan cultivada por sus rivales; que maneja con perversa
maestrÃa las redes sociales; que se enfrenta e insulta a los medios
concentrados (CNN, el New York Times, el Washington Post y
toda la prensa culta), que se construye como el gran defensor del “little guy”,
de la gente común, olvidada por el elitismo gerencial de los republicanos
tradicionales y el globalismo neoliberal de los demócratas y que cristaliza el
apoyo de un imponente bloque social pulsando las potentes cuerdas del
resentimiento, el odio, el temor que abren la Caja de Pandora del racismo y la
xenofobia; que exalta la perdida grandeza de su paÃs amenazada por los
pérfidos chinos que “inventaron al coronavirus para poner a Estados Unidos de
rodillas”, grandeza que él se propone recuperar a cualquier precio.
El principal saldo, por ahora, de esta elección –que será
recordada como un parteaguas en la historia polÃtica de Estados Unidos y sobre
el cual habrá mucho que analizar- es la consolidación de una derecha populista
radical pero que ahora, por obra de Trump, adquiere una resonancia de masas que
jamás tuvo el Tea Party ni ninguna otra expresión de los republicanos desde la
época de Teodoro Roosevelt, a comienzos del siglo veinte y, en parte, Ronald
Reagan. Esta es una mala noticia. La buena es que esta construcción gira
exclusivamente en torno a su persona y no hay sucesor a la vista. De todos
modos, habrá que tener cuidado porque si Trump llegara a perder la presidencia
esa masa plebeya y furiosa quedarÃa huérfana pero, ¡atención con esto!,
disponible para nuevas interpelaciones populistas y de derecha de otro lÃder
carismático. Que por ahora no se ve, pero que puede estar al acecho en los
pliegues de una sociedad exasperada y enfurecida.
Fuente: Página/12

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