Una obra universal y eterna
Quino, el que nos dibujó a todos
Dentro y fuera
de "Mafalda", JoaquÃn Salvador Lavado representó, representa, seguirá
representando el estado de las cosas en el mundo: a veces en forma dolorosa,
pero siempre desde una profunda humanidad.
Por Eduardo Fabregat
Quino fue
un creador con la mirada afiladÃsima y la antena siempre bien orientada.
Imagen: Adrián Pérez
No hay manera de comprobar si sucedió
efectivamente asÃ, pero la anécdota es muy potente: cuentan que cuando los
nazis allanaron el domicilio de Pablo Picasso en ParÃs, un oficial le preguntó
si él era el autor de ese revoltijo llamado Guernica. “No,
esto lo hicieron ustedes”, dicen que dijo el pintor.
Ante la visión de esas viñetas que atraviesan
el tiempo, que nos siguen representando, que siguen señalando males eternos de
la Humanidad, Quino podrÃa haber dicho algo parecido. No
parece casual que uno de sus "chistes" más célebres sea ese en el que
una empleada de limpieza ordena toda una habitación... incluyendo al Guernica. Dicen
que era uno de sus favoritos, también es difÃcil de comprobar.
JoaquÃn Salvador Lavado fue dibujante y
humorista, claro. Pero ante todo fue un creador con la mirada
afiladÃsima y la antena siempre bien orientada para registrar el mundo en el
que vivÃa, y su brutal distancia con el mundo que deseaba. Lo que
ponÃa frente a los ojos de quien quisiera animarse a ver era lo que hacÃa él, y
era lo que hacÃan los diversos componentes de la sociedad. Y entonces, como
muchos males de este planeta tienden a pervivir más que a sanear, su
obra es eterna. Resuena con la misma potencia hoy lo hecho 40, 50, 20
años atrás. El único anacronismo es la tecnologÃa o el vestuario que retrata.
En lo demás, todo sigue demasiado igual.
Por eso cuesta tanto decir la noticia y
empezar a hablar en pasado. Murió Quino, y al borde del mediodÃa de
la última jornada de septiembre pudo sentirse el sonido de millones de
corazones estrujándose de pena. Solo desde la necedad puede negarse lo
que significa Quino y sus criaturas –que no son solo Mafalda y sus amigos y sus
padres- para los habitantes de este paÃs. A menudo se identifica al “artista
popular” más con la figura del performer, desde la música, la actuación, lo que
sea. Pero Quino, hombre inclinado en un tablero para retratar el mundo, fue,
es, será un artista enormemente popular.
Esa popularidad, esa sintonÃa inmediata con
el lector, se inició en un ámbito curioso, el de la misma publicidad a la que
en su obra dirigió más de un dardo. Hay abundante prueba de que para
Quino Mafalda fue solo una etapa de su vida, a tal
extremo que decidió ponerle punto final cuando más de uno hubiera seguido
sacándole jugo. Ahà ya estaba todo dicho, razonó. Para Quino
la viñeta única o en algunos cuadros muchas veces silentes era un universo
mucho más rico, lleno de posibilidades, en el que podÃa retratar directamente
cosas que en Mafalda también estaban, pero con el barniz del
costumbrismo en ese universo de niños.
Por supuesto, no eran unos niños
cualquiera, y ahà habÃa también una pintura de la Humanidad. Las
inquietudes de Mafalda encontraban perfectas paredes de rebote en el
establishment –querible, pero establishment al fin- que representaban Manolito
y Susanita, que expresaban el capitalismo de manera endulzada pero a
veces brutal. Libertad y Guille eran la feliz anarquÃa, el
llamado a romper el sistema, uno desde el salvajismo de un niño pequeño y nada
complaciente y la otra desde una formación donde se entreveÃa a una madre sola
y militante. Felipe era un poco todos nosotros, o esa faceta
de nosotros que a veces homenajea a Bartleby, el pibe indolente que pateaba
cosas hacia adelante con una culpa moderada. Miguelito, el de las
lechugas en la cabeza, quizá el más niño de todos, la inocencia y la ensoñación
permanente. Mafalda, fan de The Beatles y enemiga cruzada de la sopa, pequeña
demonia versada en polÃtica nacional ("¿¿El palito de abollar
ideologÃas??") y convulsiones internacionales, cuajaba el
panorama interactuando con ellos y con su propia incredulidad. En la cuadra, en
la plaza, en la escuela, en los módicos livings de clase media de sus
personajes, Quino ya estaba representando el mundo.
Pero aunque en sus pibes se figuraba el mundo
cruel y a veces inexplicable, el mendocino nunca fue un nihilista. La
profunda humanidad de Quino hizo de Mafalda una tira tan
popular, porque además el dibujante observaba a los únicos mayores que
aparecÃan con regularidad –los sufridos padres de Mafalda- con afecto y
comprensión. Si a Susanita solo le interesaba casarse y ser una señora de su
casa con hermosos bebitos, Raquel, la madre de Mafalda, era el
recordatorio de la cárcel hogareña y los sueños frustrados, y la invisible
madre de Libertad una muestra de que habÃa un camino feminista. El padre era
una concentración del porteño medio, atado a un trabajo oficinista que le
permitiera esos módicos quince dÃas en la playa, con el humilde sueño de llegar
al Citroen 3CV. En todas esas criaturas, en la dulzura con la que retrataba sus
deseos, sus miserias y obsesiones, queda patente cuánto las amaba el hombre del
plumÃn.
Y porque las amaba tanto, un dÃa decidió
decirles adiós.
Potentes,
prepotentes e impotentes
No es que Quino dejara Mafalda para
volcarse a otras formas de la historieta. En 1973, cuando dejó de hacerla, el
dibujante hacÃa tiempo que se dedicaba también a las “planchas” en las que
fijaba otra faceta de su estilo. Todo formaba parte del mismo universo,
de las inquietudes de un tipo que sabÃa que su arte podÃa generar un efecto
humorÃstico con regusto amargo pero no iba a abandonar sus convicciones en pos
de una expresión más complaciente, apta para todo público. De cualquier manera,
lo suyo era universal. Lo sigue siendo.
Si entre los fans de Los Simpson es
recurrente la frase que, ante un hecho de la realidad, señala “Es como
ese capÃtulo en que...”, la obra de Quino puede ser observada con
la misma óptica. La viñeta reaparece una y otra vez pero en dÃas
recientes, en el debate público sobre el aporte extraordinario de los más
ricos, las redes sociales viralizaron nuevamente esa plancha en la que un grupo
de hombres trajeados interpela al pobre tipo que rema solo en un mar
encrespado: “¡¡¿Cómo que no rema más?!! ¡¡Me extraña, Fernández!!!
¿¿Estamos o no estamos todos en la misma barca??”. La coincidencia de
apellidos con el primer mandatario y la vice es solo una anécdota, lo que
importa es el espÃritu. Quino, que comenzó a publicar en 1954, es
fuente inagotable de memes del siglo XXI. En la tarde de ayer, el
manicomio habitual de las redes sociales –especialmente Twitter- se
volvió un remanso de belleza y creatividad, una andanada interminable de
dibujos, frases, viñetas, expresiones agudÃsimas de las mismas preocupaciones
de hoy. Nada resultó viejo o fuera de foco.
Pero no se trata solo de la rotundidad con la
que esos cuadritos destilan ideas que no pierden vigencia, la tinta que refleja
a potentes, prepotentes e impotentes. La “industria” del meme abunda en
ejemplos burdos, de trazo grueso o francamente panfletario; el trabajo
de Quino pone un toque de distinción en el recurso, lo distingue con sutileza y
subtexto. Por eso aparece el consuelo frente a lo irremediable de la
muerte, por eso uno se resiste a hablar en pasado y seguirá conjugando
a JoaquÃn Salvador Lavado en puro presente, como corresponde a los
creadores que atraviesan el tiempo. Y porque todo eso lo hizo él, pero retrata
lo que hicieron, lo que hacen otros. Y sobre todo, nos sigue
hablando a nosotros.
Nosotros ahà andamos, buscando una curita
para pegarnos en el alma. Deseando fundirnos en un abrazo lleno de lágrimas con
esa piba inolvidable. Huérfanos, todos.


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