AnÃbal Cedrón (1948-2017)
Donde arde la memoria
Por MarÃa Seoane
Autorretrato de AnÃbal Cedrón.
Conocà a AnÃbal Cedrón en el
invierno de 2002, cuando nos unió la misma desesperación por las ruinas en las
que estaba sumida la Argentina después del estallido de 2001. Esa conmoción
común, la sensibilidad por el sufrimiento de los otros y la necesidad de
modificar desde nuestro lugar de artistas e intelectuales el destino maldito
que trazaba el neoliberalismo sobre nuestra patria, nos unió en una amistad
profunda. Empujado por una sensibilidad exquisita, en estado de conmoción
permanente, Cedrón construyó una obra que nos retrata en nuestra condición de
argentinos como pocos artistas lo lograron.
Fue en ese tiempo azaroso que
me pidió nombrar uno de sus cuadros sobre el Cordobazo, la rebelión obrera y
popular que fue el comienzo del fin a una de las tantas dictaduras que
padecimos en el siglo XX. Lo llamó Donde arde la marea, definición
que parecÃa referirse siempre al estado de rebeldÃa contra la injusticia, el
estado natural de Cedrón no sólo en su vida como argentino, como miembro de la
generación del setenta, sino como artista que podÃa retratar las travesÃas de
su pueblo y de su tiempo.
Ahora que ha pasado más de una
década de esa obra; ahora que mi amigo ya no está porque lo llevó una
enfermedad maldita el 5 de octubre de 2017; ahora que muchos miles verán por
siempre sus pinturas que sobreviven en la historia de la plástica nacional,
quiero hacerle este homenaje a quien, como definió también su amigo y maestro
Luis Felipe Yuyo Noé, fue “el más grande dibujante de su
generación”. Pero también porque AnÃbal fue un intelectual, un artista, un
militante --reconocido como una personalidad destacada de la Cultura de esta
ciudad que amó poco antes de morir-- que no sólo dejó una obra inolvidable sino
un instrumento en la defensa de los artistas al fundar la Unión Nacional de
Artistas Visuales (UNAV) --que hoy lo considera su padre inspirador-- luego de
mucho batallar para que los plásticos tuvieran una protección social y estatal
que los liberara de la intemperie pero también mitigara su eterna soledad ante
la creación.
Puedo recordarlo también en la
fotografÃa --eternizada en el registro periodÃstico de la noche del 29 de julio
de 1966-- del joven militante comunista y estudiante de arquitectura que a los
18 años resistió junto a otros los golpes y la cárcel durante la Noche de los
Bastones Largos, cuando la dictadura de turno violó la autonomÃa universitaria
y reprimió a sangre y fuego a profesores y estudiantes que resistÃan en la
entonces Facultad de Ciencias Exactas, en la Manzana de las Luces.
Por esa condición de luchador
y artista talentoso, Cedrón siempre insistió en que no hay eternidad mayor en
una obra que registrar la historia de los otros, los propios, tu pueblo. Y
recorriendo momentos de su vida, como siempre, me vuelvo a preguntar qué nos
dice Cedrón con su arte. Y repaso su obra, tal como hice en su último catálogo:
nos habla de rebelión, nos habla del carácter profundamente subversivo del
arte, de dejar registrado en cada huella digital con las que compone sus
autorretratos, con la que define la cabeza aindiada del Quijote
argentino que la polÃtica y el arte pueden revolcarse como una pareja
apasionada e interminable en cada trazo, y establecer el grito exacto de la
rebelión. Cedrón nos habla en La Nación inconclusa de quienes
somos, de aquello que no fuimos, de aquello que nos debemos como argentinos;
del vuelo de las cacerolas, de la República en cruz o crucificada. Y desde esa
evocación nos lleva a la serie Civilización y Barbarie para
recordarnos una y otra vez el pecado original de Adán y Eva en América porque
sobre el cuerpo americano, y esta nuestra porción del sur, se llamó
Civilización y la Barbarie. Y entonces Adán y Eva derivarán en ese trazo
desesperado, porque la condición de la barbarie ante la que el artista se
revela es una Humanidad en tránsito, el No lugar como
destino, como destierro, y por qué no como inicio de la búsqueda del artista
del trazo exacto para refutar la dependencia y la esclavitud para el destino
latinoamericano.
Cedrón trata denodadamente de
entender ese sino en la serie Fauna Porto Argentina donde
descarga su ironÃa y también su tristeza sobre el ciudadano medio arrasado
por Mister Mercado o en el Pájaro hombre urbano,
color verdura, que come de los medios. Una cabeza transida por la ideologÃa de
bastardos y oligarcas, siempre de una canalla dispuesta a justificar la
crucifixión del prójimo débil. Y la obra de Cedrón, que ahora repaso, viaja
rabiosa del siglo XX al siglo XXI con enigmas dolorosos, y en ese andar entre
siglos dibuja héroes y villanos: ahà están Compañera Evita; el
reclamo de Libertad a Milagro Sala. Pero también está el
homenaje y la ternura del artista que se reconoce en el Retrato de
Van Gogh detrás de un vidrio roto por un disparo, y la
identificación más profunda de pertenecer con pasaporte propio a la cultura
de Los dos Julios (Cortázar y el poeta Julio Huasi). La
perfección en el Retrato de Julio Cortázar en tiempos oscuros es
conmovedora. Toda la obra de Cedrón se resignifica en esa constatación de
pertenecer a una generación diezmada pero que sobrevive en la memoria y en el
arte: asà Gorila amarillo, homenaje a Jorge De La Vega; Rembrandt y el
pájaro y los dos Julios dibuja una genealogÃa de la
pertenencia del artista no sólo a la cultura nacional sino a la cultura en
tránsito de una humanidad amenazada por los mismos monstruos que él combatÃa.
AsÃ, en este derrotero de trazos apasionados de sà mismo y del otro, Cedrón se
inscribe en la cadena de generaciones del paÃs que amó, por el que peleó, por
el que sufrió, y al mismo tiempo, que recuperó como nadie.
Ahora, al recordarte querido
amigo, viajamos al corazón de tu vida y de tu obra. Y allà vamos, donde tu marea
siempre ardió.
Fuente: Página/12

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