IMPA, la
fábrica de cooperativas
Pilar del
movimiento de fábricas recuperadas, la planta metalúrgica de Almagro se
convirtió en sÃmbolo de lucha y una suerte de incubadora para muchos otros
proyectos autogestionados.
(Foto: Diego MartÃnez)
Por Nicolás G. Recoaro - @ngrecoaro
27 de septiembre de 2020
Pegadito a la prensa en la planta baja, Carlos labura el
aluminio con templanza. En el segundo piso, al fondo, Emilia ordena el espacio
dedicado al diseño industrial y gráfico. En el cuarto, superconcentrada en la
isla de edición, Luciana da los últimos retoques al noticiero de Barricada TV.
Sus vecinos, Gabriel y el Chino, reparan con ojo clÃnico el herido transmisor
de una radio comunitaria en el taller de PTGA. Por el sector del polo educativo
se lo puede ver a Julio, coordinador de la casa de estudios de los
trabajadores. Y no hay que olvidarse de don Castillo, que pasa las horas
trabajando en la administración. La librerÃa, el museo y el centro cultural,
por la maldita pandemia, hoy están en forzado reposo. Por último, no menos
importante, el mercadito de productos cooperativos que funciona cerca de la
recepción espera, siempre con buenos precios, a sus fieles clientes.
De fondo, la banda de sonido es el ruido de máquinas que
golpean, aplastan, escupen aire comprimido. Comen aluminio, devuelven tubitos y
bandejas descartables. Todos juntos entonan un estribillo de metal
pesado.
Esas son las escenas que regala IMPA una mañana de martes
de la primavera naciente. La empresa recuperada por sus laburantes en 1998 hace
rato que dejó de ser solamente un espacio dedicado a la metalurgia. En sus 22
mil metros cuadrados, una manzana entera del barrio de Almagro, se levanta una
suerte de catedral proletaria consagrada a la autogestión. “Cultura, Trabajo,
Resistencia, Educación”, dice el mural tatuado en el portón de acceso. Las
cuatro palabras que resumen esta experiencia fabril única en su especie. Una
fábrica de cooperativas.
(Foto: Diego MartÃnez)
(Foto: Diego MartÃnez)
Castillo el memorioso
Marcelo Castillo tiene una memoria grande como una
fábrica. Puede relatar historias en serie sobre la recuperada. El presidente de
la cooperativa es sanjuanino. Se vino a Buenos Aires de muy pibe, fuerte como
el Zonda, a probar fortuna cuando arrancaban los '80: “En el hotel donde
paraba, habÃa un muchacho que andaba con la camisa Grafa que decÃa IMPA. Me
daba curiosidad y le pregunté qué significaban esas letras. Ahà nomás me habló
de la Industria Metalúrgica y Plástica Argentina, me dijo que se laburaba lindo.
Yo me tiré un lance a ver si me hacÃa entrar. Crucé los dedos. Un par de
semanas después, justo un domingo, apareció con buenas noticias. Arranqué el
lunes. Más de 38 años llevo en la fábrica. Siempre como maquinista en la
imprenta de papel de aluminio. Tapas de yogures, envoltorios de alfajores y
chocolates, de todo se hacÃa. También polÃtica. El recorrido de esa época hasta
ahora fue puro aprendizaje. Todos los dÃas llego y aprendo algo nuevo”.
(Foto: Diego MartÃnez)
Una breve genealogÃa de la planta enclavada en QuerandÃes
y Rawson dice que fue fundada en la década del ’20, expropiada por el general
Edelmiro Farrell, luego nacionalizada en el primer mandato de Perón y
finalmente vuelta cooperativa en 1961, durante el gobierno de Frondizi.
IMPA llegó a tener tres plantas, donde trabajaban más de
3000 obreros. En sus talleres se fabricaron desde pomos hasta aviones, y
sartenes, alfileres, hasta las afamadas bicicletas Ñandú. “Pero con los años se
transformó en una cooperativa trucha. La manejaba un grupo de ‘compañeros’,
ponelo entre comillas, desde esta oficina donde estamos charlando. Los obreros,
que estábamos abajo, no tenÃamos ni voz ni voto. El presidente venÃa en un
Mercedes Benz, nosotros a pata, porque no tenÃamos ni para el bondi. Gente con
una ambición terrible, sin idea de lo que significa la dignidad del laburante”,
dice Castillo, bien custodiado por un retrato de Santa Evita y el General que
cuelga en una pared.
En los '90, la mano se puso muy fulera. La miseria del
menemato y el efecto tequila, los negocios espurios del Consejo Administrativo,
el concurso de acreedores inflado y el fantasma del vaciamiento daban vueltas
por IMPA. HabÃa rumores de que querÃan transformarla en una sociedad anónima o
vender el predio para construir un supermercado. La fábrica estuvo cerrada
varios meses hasta que en mayo del '98, los laburantes dijeron basta:
“Estábamos con los bombos en la puerta. Los muchachos del frigorÃfico de
enfrente nos donaron unos choris para aguantar –se enciende Castillo–. LlovÃa y
entramos unos 60. Aguantamos como pudimos, durmiendo al lado de las máquinas,
sobre cartones. Hicimos asamblea y arrancamos de cero. Se sumaron compañeros
como el ‘Vasco’ Murúa y Guillermo Robledo, de los cuales aprendimos mucho para
organizarnos como recuperada. Ya te dije, acá se aprende todos los dÃas”.
(Foto: Diego MartÃnez)
Mientras capeaban la malaria de los primeros años, los
obreros le abrieron el portón a la cultura: “Teatro, música, cine, gente de
otros mundos. Era loco, la fábrica se transformaba de un turno al otro. De dÃa
se veÃan galpones desnudos, pero a la noche se llenaban de luces. La gente
venÃa al Centro Cultural y a las peñas, se enamoraban de la fábrica. Pasó el
tiempo y crecimos. Queremos que todos tengan un espacio en IMPA. Asà devolvemos
el apoyo que el pueblo nos dio siempre. Asà se construye una cooperativa”.
Universidad obrera
“Aceiteros Cooperativos de La Matanza”, dice el barbijo
que lo protege. Ni hace falta aclarar que el psicólogo social Julio Pomacusi es
fiel militante del Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas. Da una mano
hace una década en el polo educativo IMPA: “Esto arrancó en 2009, con la fábrica
bajo amenaza de desalojo. Hubo una huelga de hambre y un acampe, y en ese
espacio de lucha nace la idea de una universidad de los trabajadores”. Se
sumaron Vicente Zito Lema, varios docentes y psicólogos. La educación popular
puso una semilla. Asà crecieron un bachillerato, dos diplomaturas y seis
profesorados.
PedagogÃa del oprimido como bandera. Según Pomacusi, la
clave es hacer foco en las necesidades de los sectores populares: “Buscamos
articular el saber del pueblo con lo académico. Decimos que no alcanza solo con
recuperar las fábricas, hay que dar herramientas, ayudar a los que menos
tienen, a los que la pasan mal. Seguir construyendo”.
(Foto: Diego MartÃnez)
Julio coordina grupos del profesorado y la dirección de las diplomaturas. Por
la pandemia, cuenta, están suspendidas las clases, a la espera de que pase el
temblor del virus. De la vieja normalidad en las aulas, lo que más extraña son
las charlas encendidas con los estudiantes: “Un pibe del profesorado, que
laburaba como peón de albañil, una vez me dijo que estudiar acá era como hacer
una revolución”.
La Cooperativa de Diseño tiene su patria en el segundo
piso. Emilia Pezzati egresó de la UBA en la rama industrial. Comparte proyecto
con compañeras de la gráfica y el audiovisual: “Llegamos a IMPA con la idea de
volcar el diseño a las luchas populares, a un proyecto justo y transformador.
Acá estamos hace nueve años. Peleando”. Creativas y muy batalladoras, las
diseñadoras dejaron su huella en el packaging de Durax y en los estampados de
una lÃnea de acolchados muy coqueta de Alcoyana. Ahora andan amasando un
proyecto integral con 15 empresas recuperadas: “Entendemos el diseño no solo
como algo creativo –cierra Pezzati–, sino también como una herramienta para
cambiar la realidad”.
(Foto: Diego MartÃnez)
Barricadas y antenas
“Entro, escucho el ruido de las máquinas y ya me pongo en
clima de laburo. Te lleva directo a los principios y valores de las
recuperadas”, explica Luciana Lavila, la encargada de cranear la programación
de Barricada TV, el canal que transmite desde IMPA. “Para nosotres es
importante este espacio, porque los medios alternativos, populares,
comunitarios y autogestionados, al igual que las recuperadas, siempre estuvimos
marginados por el sistema, y con nuestro laburo colectivo pudimos demostrar que
nos sostenemos, que hacemos un trabajo de calidad, profesional, sin dejar de lado
los principios de transformación social”, dice Lavila, y da las últimas
puntadas de edición sobre el noticiero. En cuarentena, Barricada adoptó
protocolos, pero no cambió sus ideales: “Tenemos una mirada de la pandemia muy
distinta a la de los grandes medios. Ellos cuentan muertos y contagiados,
nosotres hacemos foco en las organizaciones sociales, en cómo colectivamente
vamos a salir adelante”.
(Foto: Diego MartÃnez)
“Obrero Not Dead”. El mensaje punk-proletario está grafiteado en el taller de
Producción Tecnológica Gráfica Audiovisual (PTGA), la cooperativa que brinda
servicios de telecomunicaciones. Fabrican e instalan antenas, reparan
transmisores y hacen mantenimiento integral de radios. Siempre dan una mano
salvadora a los medios comunitarios. Gabi y el Chino son torristas, laburan en
altura. Cero vértigo. Este mediodÃa curan las heridas del transmisor de radio
Las Cavas, de Rafael Calzada: “Está en terapia intensiva, pero ya revive. Lo
ves asà medio desmembrado, pero con un par de plaquetas nuevas, vuelve al
aire”, explica Gabi, el pibe del barbijo rojo y negro ácrata. Cuentan que andan
con proyectos: instalar paneles solares en la fábrica y producir para afuera.
“Es muy rico compartir espacio, nos potencia –dicen–. Enriquece el trabajo,
compañero”.
(Foto: Diego MartÃnez)
(Foto: Diego MartÃnez)
En la planta baja, don Carlos no afloja con la prensa. Desde 1979 le mete fichas al trabajo colectivo en IMPA: “Más de 41 años. Hoy ya terminó mi turno, pero me gusta quedarme un rato más”, saca pecho el obrero de porra canosa. Y sigue sacando pomitos de la máquina. “Esta es mi casa, mi familia, mi fábrica. Somos dueños de nuestro trabajo. ¿Qué era eso de tener patrón?”.
Fuente: Tiempo Argentino










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