Fascismo cosplay, crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino: escribo el elogio de este manual de guerra de guerrillas contra el nohilismo zombie y la agrafia voluntaria a la que intenta reducirnos la asonada neoliberal, su mal llamada ”crueldad”-crueles eran Gilles de Rais y la condesa Bathory- en una programada ”ilectura” esclava,. SÃ, escribo un elogio, y como no puedo subrayar por mi brazo impedido, tomo un marcador con los dientes y pinto espasmódicos garabatos como los que registra un monitor cuando alguien se está muriendo. Si no hubieran dejado de existir “Los rengos de Perón” no deberÃa sentir que soy uno de los sujetos perseguidos por Milei, no para matarlos sino para “dejarlos morir”, tajante expresión de Pilar Calveiro.

Yo uso las pantallas para ver la insurgencia jocosa del Mudo con rueditas donde la discapacidad se vuelve burla y crÃtica de los capaces. Digresiones aparte, vuelvo al libro. Si el autor, Luis Ignacio GarcÃa elige la palabra “crónica” es –lo sepa o no –para homenajear el género que contribuyó a diseñar las ciudades en el comienzo de la fundación de los estados nacionales de Latinoamérica. Su restricción-es preciso empezar por la restricción que formaba parte de la ética de Josefina Ludmer- es ir escribiendo el libro mediante la suma de sus posteos diarios en Facebook a partir de que se nos soltaron los monstruos: el diez de diciembre de 2023. El mecanismo elimina la distancia, el leer con el diario del lunes, autorizarse en precisas referencias, corregirse luego de una devolución luminosa y borrar el oprobio de una frase infeliz tras una noche disipada. La crónica deberÃa haber muerto ante la insistencia de las pantallas, la crónica con su imperativo del in situ, de detalles tomados a ritmo de ráfaga pero siempre con el corazón popular. Claro que ésta no es la descripción de un método sino de un efecto. Se leen en este libro, sobreponiéndose a su magnÃfica sobre-escritura, temas muy variados como el incesto anterior a la cultura, el asesinato de las lesbianas de Barracas, el exabrupto presidencial ante un niño autista, el affaire Libra, el odio entre progresistas, los perros médium, el mundialismo capitalista, las viejas nuevas caras del fascismo, o sea entero el diario del viernes. El formato posteo se parece más a los párrafos subtitulados de un Juan José Sebreli cuando escribÃa Escritos sobre escritos, ciudades bajo ciudades y no en su espectro final. Permite el ritmo acompasado entre concentrarse y saltar, o sea la respiración de la intervención intelectual, lamento que esto rime. Apuesta por la lectura como trasformación contagiosa en lo común de un nosotros invocado. Si el mileismo ha descartado las verdades de la prueba y el archivo, tal vez la velocidad o mejor dicho la “aceleración“ pueda ser de nosotres, últimos lectores, entre la indignación impaciente pero cada vez más taimada en esperar su momento y la lucidez que nos despierte de la inmovilidad nihilista. La revolución como retorno de lo reprimido ya no es un lugar insurrecto y siempre en alerta de perderse, sino la sorpresa de lo que estaba emboscado y no esperado, hecho de mÃnimas sorpresas como que un montón de cámaras anónimas reconstruyera el ataque a Pablo Grillo. O como Patricia Bullrich no haya podido hasta ahora cobrarnos algún muerto (que elegante, por eso a su voluntad criminal se le llama “protocolo”).
La expresión “último lector” tiene un fantasma, ¿es el último porque encabeza una resistencia que exige algo más que la lectura? ¿O es el último porque se queda con el sentido? La sombra de Ricardo Piglia apadrina muchas de estas páginas en su pedagogÃa pro libros.
Brillante en su estilo y en su factura de herencias intelectuales, Fascismos cosplay es un machete contra el aturdimiento esclavo, una caja negra que explora la verdad de la experimentación en un laboratorio futuro y antifascista de lo que aún podemos llamar democracia.
Fuente: Página/12

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