Juana Azurduy, la heroÃna que se jugó la vida por la
independencia y murió olvidada
Nació un dÃa como hoy hace 240 años en Chuquisaca, una ciudad del Alto
Perú que hoy pertenece a Bolivia. Combatió a los realistas junto a su esposo,
Manuel Padilla, y sus accionar en las batallas le valió la admiración de
Belgrano y Güemes. Tuvo cinco hijos y fue la primer mujer que alcanzó -post
mortem- el grado de General. Falleció en su ciudad natal, pobre y sola, a los
81 años
12
Jul, 2020 02:00 a.m. AR
Juana Azurduy en plena
acción, en una ilustración publicada en la revista Caras y Caretas.
Casi nadie reconoció a esa mujer, montada
en una mula prestada, acompañada de su hija, cuando regresó vencida a su
terruño. Muy lejos habÃan quedado los tiempos cuando era un temible vendaval de
furia que hacÃa electrizar a sus seguidores en las batallas. Montada en su
caballo, con su chiripá blanco, casaca roja y el inconfundible gorro del mismo
color, Juana Azurduy sabÃa cómo conducir.
Ahora,
era un fantasma rumbo al olvido.
Parece que esa rebeldÃa de chola indómita
la habÃa traÃdo desde la cuna en la zona de Chuquisaca, donde nació el 12 de
julio de 1780. Sintió el dolor de perder a sus padres, gente de haciendas y
recursos, cuando aún era una niña. Parece que su relación con los tÃos que la
criaron a ella y a su hermana RosalÃa no era la mejor y tuvo destino cantado de
convento. Pero las monjas del monasterio
de Santa Teresa tampoco pudieron con la indisciplina de esa niña y asÃ, a sus
17 años, regresó a la hacienda familiar.
Se
casó en 1802 con Manuel Ascencio Padilla, cuya familia habÃa sido amiga por
años de su padre. En
total tendrÃan cinco hijos, del que solo uno llegarÃa a la mayorÃa de edad. El
matrimonio hizo suyos los ideales independentistas, cuando aún faltaba para el
25 de mayo de 1810.
Juana
Azurduy, vestida con casaca militar y luciendo las medallas que ganó por su
desempeño en el campo de batalla.
De armas llevar
La
pareja se embarcó en la revolución de Chuquisaca, el primer estallido
revolucionario ocurrido el 25 de mayo de 1809, un levantamiento popular contra
la Real Audiencia de Charcas, que terminó en una violenta represión. Luego
de ese primer grito ahogado de libertad, los Padilla pasaron a figurar en la
columna de buscados en la agenda de los españoles.
Los Padilla alojaron en su hacienda a Juan José Castelli y Antonio González Balcarce, los jefes del Ejército Auxiliar, antes del desastre de Huaqui en junio de 1811, que determinarÃa la pérdida del Alto Perú. Las consecuencias no demoraron en llegar. Los españoles, nuevamente dueños del terreno, confiscaron las propiedades de los Padilla y éstos debieron ocultarse. Manuel ya estaba identificado por los realistas como quien se ocupaba de atacar la ruta de suministros que llegaban para los españoles en Chuquisaca.
Cuando apresaron a su
esposo, Juana reunió a más de 300 indÃgenas. Entraron a Chuquisaca de a poco,
simulando ser lugareños. Y a la noche tomaron por asalto la cárcel del Cabildo,
donde un par de guardias somnolientos apenas pudieron reaccionar. Padilla fue
liberado.
Estuvieron a las órdenes de Manuel
Belgrano. Participaron en el éxodo jujeño; Padilla combatió en Salta y Tucumán
y en Vilcapugio, si bien Juana no entró en acción, estuvo en la retaguardia. Luego de Ayohuma, el creador de la bandera le obsequió
a la mujer su sable en señal de respeto y reconocimiento.
Manuel Ascencio Padilla,
el esposo de Juana Azurduy.
“Hermosa señora”
Juana no sólo era la esposa de Padilla, sino que su liderazgo fue un imán para que muchas mujeres se le unieran y quisieran seguirla en esas cargas desordenadas, rodeada de indÃgenas armados como podÃan, con lanzas, arcos y aún palos.
Esas cargas sorprendÃan tanto a amigos
como a enemigos. El sueco Adam Graaner, que estuvo en el norte entre 1816 y
1817, se encandiló con “esa hermosa
señora de veintiséis años que manda un grupo de cuatrocientos indios en la
comarca de Chuquisaca”, aunque se decÃa que habÃa logrado organizar una
milicia de diez mil indÃgenas.
El 10 de febrero de 1816, Chuquisaca,
ocupada por los realistas, al mando del coronel José Santos de La Hera, fue
atacada sorpresivamente por 3700 hombres al mando del comandante Padilla. Tal
era su fama que muchos del pueblo, al verlos, se les unieron.
Desde sus barricadas,
los españoles observaban absortos la temeridad de una mujer montada a caballo,
armada con sable y pistoleras, que iba de un lado para el otro, animando a la
tropa.
La Hera, de escasos 23
años pero que habÃa llegado a coronel por méritos en los campos de batalla,
querÃa tomarla prisionera y de un certero disparo, mató a su caballo. Sin
embargo, la mujer fue rescatada por los suyos. La arremetida
española hizo que los patriotas huyesen, pero no tanto. Porque la gente de
Azurduy les tenÃa preparada una emboscada, guarnecidos en zanjas protegidas por
espinos. Cuando los españoles llegaron fueron recibidos por una descarga de
fusilerÃa, mientras que un grupo a caballo los atacó por los flancos.
Monumento a Juana Azurduy ubicado frente al CCK en
la ciudad de Buenos Aires (Adrián Escandar)
Un
coronel español tomó la bandera para animar a la tropa. Pero Juana Azurduy se
abalanzó sobre él y se la quitó, mientras sus seguidores terminaban con su
vida. Los realistas se retiraron.
En el parte que envió a Buenos Aires, un
asombrado Manuel Belgrano escribió que “paso a mano de VE el diseño de la
bandera que la amazona doña Juana Azurduy tomó en el Cerro de la Plata, como a
once leguas al oeste de Chuquisaca. El comandante Padilla calla que esta gloria
pertenece a la nombrada, su esposa, por moderación; pero por conductos
fidedignos, me consta que ella misma
arrancó de las manos del abanderado este signo de tiranÃa a esfuerzos de su
valor y de sus conocimientos de milicia”.
Luego de su desempeño en el ataque del
Cerro de PotosÃ, en agosto de 1816, Juana fue ascendida a teniente coronel en
la división Decididos del Perú.
El principio del fin
serÃa la batalla de la Laguna, donde volverÃan a enfrentarse con los españoles
entre el 13 y 14 de septiembre de ese año. Ella serÃa herida de bala y debió
abandonar el campo de batalla, mientras que su esposo era degollado cuando ya
agonizaba por dos disparos recibidos en la espalda.
Una sombra, nada más
Tardó algunos dÃas en reunir a un grupo
que la ayudase a rescatar la cabeza corrompida de su marido, clavada en una
pica, y darle sepultura con honores militares. No sabÃa dónde ir. Luego de
estar un tiempo oculta en el Chaco, se acopló a las fuerzas de MartÃn Miguel de
Güemes. Pero cuando éste murió en 1821, volvió a quedar sin rumbo.
HacÃa tiempo que sus
cuatro hijos habÃan fallecido vÃctimas del paludismo y la malaria. Le quedaba
la compañÃa de su quinta hija, Luisa. Deseaba volver a Chuquisaca, pero no
tenÃa cómo. Para vivir, debió pedir limosna. Hasta que en mayo de 1825, el
gobierno de Jujuy le cedió cuatro mulas y cincuenta pesos para los gastos del
viaje.
Uno de los tantos dibujos de un rostro que fue tomando diversos rasgos con el correr de los años. Ilustración aparecida en la revista Caras y Caretas
Cuando llegó a Chuquisaca, nadie la recibió. Intentó
en vano recuperar sus bienes, ahora en manos de otros. Su única propiedad debió
malvenderla y fue inútil luchar contra la burocracia en el reclamo de sus
sueldos de oficial.
En
esa pieza miserable donde vivÃa, se acercó a conocerla Simón BolÃvar, quien le
concedió una pensión vitalicia de 60 pesos, que posteriormente el Mariscal
Antonio de Sucre aumentó, pero que dejarÃa de percibir en 1830. Sus antiguos
jefes, como Belgrano o Güemes o tantos otros que habÃa conocido, habÃan muerto.
No tenÃa a quien recurrir.
Quedó
sola, acompañada por un niño ya que su hija ya se habÃa marchado al casarse. En
una humilde pieza de un barrio de Chuquisaca, aferrada a unos pocos recuerdos,
murió el dÃa patrio del 25 de mayo de 1862.
Los homenajes vendrÃan
mucho después. Una pequeña ciudad en la provincia boliviana de Tomina lleva el
nombre de su esposo -donde tenÃa su cuartel- mientras que una provincia la
recuerda. En 2009 fue ascendida a general post mortem, convirtiéndose en la
primera mujer en alcanzar ese grado.
Con el correr de los
años, sus despojos fueron rescatados de la fosa común en la que habÃa sido
enterrados, con la sola presencia de un cura. Esa anciana de 81 años habÃa sido
esa corajuda sin lÃmites, la admirada por Belgrano y BolÃvar, la misma
andrajosa y harapienta que habÃa vuelto a su pueblo a sumirse en un largo
olvido, montada en una mula prestada.
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