La literatura desmiente las fantasÃas desconurbanizadoras del ministro
Sturzenegger no leyó a John Steinbeck

John Steinbeck es, probablemente junto con Raymond Chandler, el gran escritor californiano del siglo XX. En Monterrey, su pueblo natal, que inmortalizó en varios libros, todo lleva su nombre. Buena parte de la afluencia turÃstica que recibe Monterrey va para visitar su museo. AllÃ, entre otras cosas, se encuentra la Chevrolet Apache hecha campero con la que recorrió Estados Unidos en 1965. “Mis viajes con Charly” es el fruto de esa experiencia.
Sin embargo, Steinbeck será siempre recordado por “Las uvas de la ira”, que fue llevada al cine por John Ford y que le valió, además, bastantes problemas con la comisión McCarthy. La novela está inspirada en fenómenos reales.
Primero el crack de la bolsa de 1929 y luego las sequÃas y tormentas de polvo, dust bowl en el inglés original, arruinaron a los campesinos de estados del middle west, entre ellos Oklahoma. Mientras unos agricultores nadaban en mugre y deudas, a no tantas millas de distancia, California desarrollaba sus industrias vitivinÃcola y de frutas secas, entre otras. El resultado obvio, sin necesidad de que ningún ministro tuitee, fue una fuerte corriente migratoria interna.
Los migrantes no tenÃan con qué alquilar viviendas decentes y la infraestructura existente era insuficiente. Conclusión, ajusta por precio. Los recién llegados fueron armando campamentos, en teorÃa provisorios, con sus camiones, chapas, telas o cartones, lo que encontraran a mano.
Su presencia masiva también distorsionó el mercado de trabajo y bajó el monto de los jornales. AsÃ, a la miseria que ya conocÃan le suman el hacinamiento, la degradación y el desprecio de los californianos.
Toda esa desazón relata Steinbeck con maestrÃa: la de los que habÃan dejado su lugar para empezar de nuevo pero enseguida descubren que acá son menos que nadie. Existencias precarias, vulnerables, donde a cada minuto las situaciones lÃmite sacan lo mejor y lo peor de los seres humanos.
La tormenta que se cierne sobre el conurbano se llama Milei, Caputo y Sturzenegger. Se llama apertura importadora indiscriminada, caÃda de las ventas, cierre de empresas y desempleo. No es un efecto no deseado sino un objetivo de polÃtica económica, pero también sociodemográfica.
Los que odian el conurbano, a la hora de hacer polÃtica pública, creen realmente que las familias pueden trasladarse sin más, como si no tuvieran raÃces, relaciones e identidad, a donde están los empleos. Su sueño húmedo se llama “desconurbanización”.
“Las uvas de la ira” muestra que tal cosa no existe, que a lo sumo se genera un nuevo conurbano, porque si el estado no interviene, las villas argentinas, chabolas españolas, cantegriles uruguayos, favelas brasileñas, poblaciones chilenas y asà sucesivamente, terminan siendo cualquier cosa menos transitorias.
A esa evidencia histórica, que ya empieza a verificarse en el pueblo neuquino de Añelo, hay que sumarle dos agravantes. Uno, los empleos creados son escasÃsimos, porque el tipo de actividad no genera ni demanda mano de obra más que en una proporción mÃnima, que se vuelve más chica si se la contrapesa con los más de 300 mil empleos formales que destruyó la administración libertaria.
Dos, las palabras del ministro acerca del venturoso futuro que espera allá a los desocupados recientes de GarÃn, José León Suárez, Trujuy o Ingeniero Allan, son cuanto menos irresponsables. Y, por qué no, dicho sea de paso, un tanto perversas.
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