La geopolÃtica de Donald Kendall, el CEO de la gaseosa que pisó fuerte en la URSS y se involucró en el golpe de Pinochet
El socialismo es
bueno…siempre y cuando tome Pepsi
Exmilitar en la Segunda
Guerra Mundial, empezó como embotellador y escaló hasta las más altas
posiciones de la empresa alimenticia y logró que PepsiCo fuera la primera
industria en cruzar la Cortina de Hierro. Hambriento de poder (y de vender
más), se convirtió en el empresario que puso un vaso de la bebida cola en manos
de Nikita Jruschov y que colaboró con el derrocamiento de Salvador
Allende.
29 de septiembre de 2023 - 12:02
Jruschov, Nixon y Kendall.
Una foto para la historia
Una,
dos, tres, diez, quince, veinte. Asà hasta llegar a 45. Ese es el total de
esculturas si uno camina por el extenso parque de Sculpture Garden, en las
afueras de Nueva York. Para saber dónde se encuentra este jardÃn no hay muchas
dificultades: enfrente, un gigante cartel explica que allà está la fábrica
de PepsiCo. Y el sendero verde que conecta las obras tiene un solo
nombre: Donald M. Kendall.
A la
ligera, la vida del susodicho parece haber salido del sueño americano. Litros
de tinta en los libros de marketing y publinotas en distintos medios destacaron
que este muchacho de Washington -no DC, sino al noreste de EE.UU.- se crió en
una granja láctea y, a los dieciocho años, cumplió con lo que le pidió el TÃo
Sam y se unió al Ejército en medio de la Segunda Guerra Mundial. A su vuelta,
el recorrido del héroe (estadounidense) siguió con sus estudios universitarios
y, en especial, con su ascenso laboral: de empezar como embotellador
llegó a ser a ocupar la silla más caliente de Pepsi.
Y es
probable que, con lógica hollywoodense, la historia quede aún más edulcorada
con sus decisiones. Al frente de la empresa no solo concretó la unión
con Fritos Lays (sÃ, esas papitas que buscan ser irresistible para los
niños en las góndolas), sino que peleó cabeza a cabeza, durante
décadas, con Coca-Cola para ver quién vendÃa más latitas de gaseosa. De esa
disputa empresaral emergieron las campañas publicitarias de la avenida Madison,
con comerciales que protagonizaban Michael Jackson y Michael Jordan,
hasta el desafÃo para elegir la mejor gaseosa - que se replicó en nuestro
paÃs, con unos jovencÃsimos Mario Pergolini
y Julián Weich- y que hartó hasta al mismÃsimo Billy Joel.
Nixon, la pieza infaltable del rompecabezas
Pero la
vida -y, sobre todo, los negocios- de Kendall no se explican si no se incluye a
otro exPepsiCo: Richard Nixon. Quien
estuviera a cargo del teléfono rojo de la Casa Blanca (y de algún que otro
micrófono) fue abogado de la gaseosa en sus temporadas fuera de Washington DC.
Fue el
propio Nixon quien facilitó el terreno para que Kendall cumpla con una de sus
máximas ambiciones: desembarcar al otro lado del muro, en tiempos donde un
negocio que tenga la conexión Moscú-Nueva York era más dificil que aterrizar en
la Luna. O casi.
El
puntapié fue a fines de los 50’, cuando ambos paÃses priorizaron un pequeño
acercamiento diplomático que se materializó con la exhibición rusa en
Nueva York y la estadounidense en Moscú. En la primera, los socialistas
eligieron que los focos alumbren a sus avances en la carrera espacial, por
caso, al exhibir un modelo del satélite Sputnik.
Los
yankis también tomaron la muestra como una cuestión de Estado. El presidente
Dwight Eisenhower envió una delegación a Moscú y como jefe de esa tripulación
ubicó a su vicepresidente, Nixon. Su amigo pepsicolero también se subió
al avión que aterrizó en Moscú. Y si la U.R.S.S. se enfocó en los avances
tecnológicos planetarios, EE.UU. se enfocó en las "bellezas" de su
vida cotidiana, que incluÃan autos Cadillacs, cafeteras eléctricas, cortadoras
de césped y horno microondas.
De esa
exhibición -el 24 de julio de 1959- surgió el famoso Debate
de la Cocina (“¿no fabricaron una máquina
que pusiera la comida en la boca y la empujase hacia la garganta?”, cargó
Nikita Jrushchov a Nixon) y una imagen que se propagó del lado
occidental de la Cortina de Hierro: el presidente soviético con un vaso de
Pepsi en la mano.
Para
lograr esa placa, Kendall -en ese momento, encargado de las operaciones
internacionales de PepsiCo- le habÃa insistido a Nixon que debÃa tener sà o sÃ
una foto que vincule a Jrushchov con la gaseosa para responder los
cuestionamientos de la junta de la compañÃa.
Cómo
llegó el vaso a la mano del dirigente es un enigma, pero la leyenda urbana
cuenta que hubo un desafÃo entre la bebida cola estadounidense y la rusa para
determinar cuál era más rica. Jrushchov eligió la segunda, pero los flashes
dispararon justo cuando el Presidente del Consejo de Ministros de la U.R.S.S.
miró fascinado a las burbujas de Pepsi.
Punto
para EE.UU. pero, sobre todo, para Kendall.
“Cola cautiva a los lÃderes soviéticos”, fue el titular del New York Times.
De vodkas...
Aquella
foto fue, apenas, la semilla. Para que germine hubo que esperar más de diez
años, en los que el conflicto entre ambas naciones creció exponencialmente.
Primero, con el arresto del aviador Gary Powers, al principio de los 60’,
cuando espiaba en cielo ruso. Luego escaló llegó la invasión norteamericana en
la BahÃa de los Cochinos con el objetivo de derrocar a Fidel Castro y las
amenazas nucleares que pusieron al planeta al filo de la destrucción.
Los 70’
marcaban un lento declive de la U.R.S.S. y Kendall no dudó:
cuando Leonid Brézhnev quedó al frente de la Unión Soviética, el empresario
gestionó y gestionó para que Pepsi sea la primera compañÃa
norteamericana en amarrar en territorio enemigo (para Estados Unidos). Todo
esto con el aval de su amigo Nixon, quien ya manejaba la Casa Blanca a gusto
y piacere.
Ese
hito, para la gaseosa, tiene fecha exacta: el 16 de noviembre de 1972. El único
inconveniente fue la moneda. Porque EE.UU. no querÃa aceptar rublos y los
soviéticos no querÃan abonar en dólares. Los directivos de Pepsi torcieron la
disputa al aceptar comercializar el exquisito vodka Stolichnaya, el
mismo que fue diseñado por quÃmico ruso Dmitri Mendeleiev, inventor de la tabla
periódica de elementos.
El
trato era un litro de Pepsi por un litro de Stolichnaya. La compañÃa de la
gaseosa abrió su primera planta en Novosibirsk -en la costa del Mar Negro- y
luego llegarÃan otras en Moscú, Leningrado, Kiev y varias más.
En
total, dicen algunas crónicas, fueron más de veinte.
...a flotas militares
Redondo
fue el negocio que hizo Pepsi (se
produjeron alrededor de 32 millones de decalitros de la gaseosa en Rusia), lo
cual agrandó la figura del exsoldado al interior de la compañÃa, al
terminar de atornillar su silla de presidente corporativo.
En los 80’, cuando el muro empezó a temblar, la compañÃa hizo todo lo posible para mantener su monopolio. Pero a Rusia no le quedaban dólares ni vodka y para sostener la demanda de una población que se volvÃa cada vez más adicta a esa combinación de agua y azúcar, le ofreció parte de su stock armamentÃstico. Primero fueron submarinos y cruceros. “Estamos desarmando la Unión Soviética más rápido que ustedes”, le cargó Kendall al asesor de Seguridad de EE.UU., Brent Scowcroft.
Poco
tiempo después, en la antesala de la Perestroika, PepsiCo hizo lo que fue
diseñado para hacer: maximizar sus ganancias, a toda costa. Una
U.R.S.S. de capa caÃda aceptó entregarle buques petroleros y cargueros -con
un valor de 3.000 millones de dólares- para recibir un concentrado de Pepsi,
que no superaba los 300 millones.
Asà fue
que, por unos meses la compañÃa norteamericana tuvo en sus manos la sexta flota
militar más grande del mundo, hasta
que se dedicó a vender y alquilar lo que Rusia le habÃa entregado. Se
hizo lÃquida la ganancia y las arcas crecieron para Kendall y sus compañeros de
acciones.
Clin,
caja.
Pepsi por buques cargueros, el trato que selló
Kendall con Rusia
La patria son los negocios
El
vÃnculo geopolÃtico que desplegó Kendall en U.R.S.S. fue especial, pero no fue
el único. Pepsi y sus compañÃas alimenticias que completan la compañÃa
-como Lays y Quaker- levantaron sedes alrededor del planeta.
Su
ejecutivo estrella, por caso, decidió el desembarco de la gaseosa en territorio
chino durante los 80’, mientras que en América latina, las fábricas llegaron
post Segunda Guerra Mundial. Una de las más importantes fue la que se radicó en
Chile. Y quién quedó apoderado de esa licencia fue otro que no dudó en
mezclar polÃtica y negocios: AgustÃn Edwards Eastman, dueño
de El Mercurio, el La Nación del otro lado de la
cordillera.
La
relación que articularon Kendall y Edwards fue bastante estrecha, al punto
que el CEO de Pepsi recurrió a su amigo de la Casa Blanca para pasarle
la nerviosismo que tenÃa el empresario chileno a partir del ascenso polÃtico de
Salvador Allende. Kendall telefoneó a su compinche Nixon, al menos un par
de veces (según como desclasificó el Archivo de Seguridad Nacional) para
interceder en el territorio andino, lo cual habilitó a una reunión, en 1970,
entre Edwards con Henry Kissinger y el director de la CIA en aquel entonces,
Richard Helms en 1970.
Hechas
las conexiones, la agencia de seguridad estadounidense financió una
campaña de desprestigio de la izquierda chilena en El Mercurio.
La aguja hipodérmica pareció fallar: Allende ganó las elecciones en septiembre
de ese año y la propia CIA orquestó no uno sino dos planes para impedir que el
Congreso lo declarase presidente, pero falló en ambos.
AsÃ,
Chile tenÃa un presidente socialista que no tomaba Pepsi y que la gaseosa
tampoco lo querÃa a él.
"Haremos chillar a Chile"
Ya con
Allende en la Casa de la Moneda, Nixon volvió a la carga. No querÃa ni la
expansión del socialismo ni quedar en deuda con su amigo pepsicolero, pese al
favor que le habÃa cumplido en 1965: ser su pianista en la segunda nupcias del
CEO, en el lujoso Pierre Hotel de Manhattan . “Haremos chillar a la
economÃa chilena”, fue el apunte que anotó Helms tras la reunión con el
presidente republicano.
Por ese
tiempo, un cable desde las oficinas de la CIA llegaba en forma de orden a la
Embajada de Santiago: “It is the firm and continuing policy that Allende be
overthrown by a coup”. En criollo: se necesita un golpe de Estado para
derrocar a Allende.
El 11
de septiembre de 1973 se materializó el deseo de los Estados Unidos, sus
compañÃas que tenÃan intereses en Chile y los empresarios locales que no
aceptaban un gobierno socialista. El bombardeo que derrumbó la Casa de Gobierno
permitió que el general Javier Palacios entrara al edificio y comunicara a la
radio militar: “Moneda tomada, presidente muerto”. Allende se habÃa suicidado
antes de darle el poder a los militares.
“Junta
militar controla el paÃs”, fue la tapa de El Mercurio, que
anunciaba que Pinochet "preside el gobierno", con su rostro
ilustrando la portada.
La
planta de Pepsi, en Chile, no tendrÃa problemas durante las siguientes décadas.
Total normalidad, la tapa de El Mercurio
El partido fantasma
El
destino quiso que dos semanas después del asesinato de Allende, Chile
enfrentara a la U.R.S.S. para saber quién clasificarÃa al Mundial de Fútbol de
1974. Es probable que Kendall ni se haya enterado de ese partido y, de saberlo,
quizás nunca se dio cuenta de que en el encuentro disputado en el Estadio
Nacional de Santiago hubo solo 11 jugadores y no 22 como está
reglamentado, ya que los soviéticos boicotearon el encuentro y no fueron a la
cancha, en rechazo al golpe de Pinochet. Alegaron "cuestiones
morales".
En
tanto, el ejecutivo norteamericano podrÃa haber hinchado por cualquiera de las
dos naciones. Ambas seguÃan tomando Pepsi.
Fuente: Página/12
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