Mariano Moreno
(1778 – 1811)
Autor: Felipe Pigna
Mariano Moreno nació en Buenos Aires el 23 de septiembre de 1778. Su
padre, Manuel Moreno y Argumosa, nacido en Santander, era funcionario de la
TesorerÃa de las Cajas Reales. Su madre, Ana MarÃa Valle, era una de las pocas
mujeres en Buenos Aires que sabÃa leer y escribir, y Moreno aprendió con ella
sus primeras letras. El de los Moreno era un tÃpico hogar de funcionario de
mediana jerarquÃa, con casa propia y varios esclavos, en los Altos de San
Telmo, a prudente distancia del aristocrático barrio del Fuerte. Su aprendizaje
posterior estuvo limitado por las escasas posibilidades económicas de su
familia: la escuela del Rey y el Colegio de San Carlos, que solo lo admitió
como oyente. Fray Cayetano RodrÃguez, uno de los maestros de Moreno, le abrió
la biblioteca de su convento. Su aspiración a seguir estudios en la Universidad
de Chuquisaca se vio postergada hasta que su padre pudo reunir el dinero
necesario. Finalmente, en noviembre de 1799, Moreno emprendió la travesÃa hacia
el Norte. Dos meses y medio de viaje, incluyendo quince dÃas de enfermedad en
Tucumán, fueron el prólogo de la nueva etapa de su vida.
Moreno tenÃa veintiún años cuando llegó a Chuquisaca. Allà trabó una
profunda amistad con MatÃas Terrazas, hombre de gran cultura que le facilitó el
acceso a su biblioteca y lo incluyó en su cÃrculo de amigos y discÃpulos.
Respetando la voluntad de su padre, en 1800 siguió los cursos de
teologÃa en la universidad de Chuquisaca. Un año después se doctoró e inició
los cursos de derecho.
De todos los autores que frecuentó en la biblioteca de Terrazas, Juan de
Solórzano y Pereyra y Victorián de Villaba, le dejaron la más profunda huella.
Solórzano reclamaba, en su PolÃtica Indiana, la igualdad de
derechos para los criollos. Villaba, en su Discurso sobre la mita de
PotosÃ, denunciaba la brutal esclavitud a que se sometÃa a los indios en
las explotaciones mineras: «En los paÃses de minas no se ve sino la opulencia
de unos pocos con la miseria de infinitos»..
También fue en aquella biblioteca donde Moreno tomó contacto por primera
vez con los grandes pensadores del «siglo de las luces». Quedó particularmente
impresionado por Rousseau y su estilo directo y contundente: «El
hombre ha nacido libre, pero en todas partes se halla encadenado»,
decÃa el autor de El contrato social.
En 1802, Moreno visitó Potosà y quedó profundamente conmovido por el
grado de explotación y miseria al que eran sometidos los indÃgenas en las
minas. De regreso a Chuquisaca, escribió su Disertación jurÃdica sobre
el servicio personal de los indios, donde decÃa entre otras
cosas: «Desde el descubrimiento empezó la malicia a perseguir unos
hombres que no tuvieron otro delito que haber nacido en unas tierras que la
naturaleza enriqueció con opulencia y que prefieren dejar sus pueblos que
sujetarse a las opresiones y servicios de sus amos, jueces y curas».
En 1804, Moreno se enamoró de una joven de Charcas, MarÃa Guadalupe
Cuenca, quien estaba destinada por su madre a ser monja, pero el amor por
Moreno aumentó sus argumentos para negarse a la reclusión del convento. Se
casaron a poco de conocerse y un año después, nació Marianito.
La situación de los Moreno en Chuquisaca se estaba tornando complicada.
Entre 1803 y 1804, Moreno habÃa hecho su práctica jurÃdica en el estudio de
AgustÃn Gascón, asumiendo la defensa de varios aborÃgenes contra los abusos de
sus patrones. En sus alegatos inculpó al intendente de Cochabamba y al alcalde
de Chayanta. Las presiones aumentaron y Moreno decidió regresar a Buenos Aires
con su familia.
A poco de llegar, a mediados de 1805, comenzó a ejercer su profesión de
abogado y fue nombrado Relator de la Audiencia y asesor del Cabildo de Buenos
Aires.
Durante las invasiones inglesas escribió una memoria con los
acontecimientos más destacables. «Yo he visto llorar muchos hombres
por la infamia con que se les entregaba; y yo mismo he llorado más que otro
alguno, cuando a las tres de la tarde del 27 de junio de 1806, vi entrar a
1.560 hombres ingleses, que apoderados de mi patria se alojaron en el fuerte y
demás cuarteles de la ciudad.»
Tras las invasiones inglesas, los grupos económicos de Buenos Aires se
fueron dividiendo en dos facciones bien marcadas y enfrentadas: los
comerciantes monopolistas y los ganaderos exportadores. Los comerciantes
españoles querÃan mantener el privilegio de ser los únicos autorizados para
introducir y vender los productos extranjeros que llegaban desde España. Estos
productos eran carÃsimos porque España a su vez se los compraba a otros paÃses,
como Francia e Inglaterra, para después revenderlos en América. En cambio, los
ganaderos querÃan comerciar directa y libremente con Inglaterra y otros paÃses
que eran los más importantes clientes y proveedores de esta región. España se
habÃa transformado en una cara, ineficiente e innecesaria intermediaria.
Tras el interinato del Virrey Liniers, ocupó el cargo en 1809 don
Baltasar Hidalgo de Cisneros. La situación del virreinato era complicada. El
comercio estaba paralizado por la guerra entre España y Napoleón, que provocaba
una enorme disminución de las rentas aduaneras de Buenos Aires, principal
fuente de recursos.
Ante la desesperante escasez de recursos, el nuevo virrey tomó una
medida extrema, aun contra la oposición del consulado: aprobó un reglamento
provisorio de libre comercio que ponÃa fin a siglos de monopolio español y
autorizaba el comercio con los ingleses. Los comerciantes monopolistas
españoles se opusieron y lograron que el apoderado del Consulado de Cádiz,
Fernández de Agüero, enviara una nota de protesta al virrey, en la que alertaba
sobre los peligros «económicos y religiosos» que implicaba el comercio directo
con los ingleses. Moreno escribió entonces su célebre Representación de
los hacendados. Allà defiende la libertad de comercio: «Nada es
hoy tan provechoso para la España como afirmar por todos los vÃnculos posibles
la estrecha unión y alianza con la Inglaterra. Esta nación generosa que,
conteniendo de un golpe el furor de la guerra, franqueó a nuestra metrópoli
auxilios y socorros, es acreedora por los tÃtulos más fuertes a que no se
separe de nuestras especulaciones el bien de sus vasallos (…) Acreditamos ser
mejores españoles cuando nos complacemos de contribuir por relaciones
mercantiles a la estrecha unión de una nación generosa y opulenta, cuyos
socorros son absolutamente necesarios para la independencia de España».
Un memorándum del Foreign Office de 1809 decÃa: «Sea que
sigan dependiendo de España o que formen gobiernos independientes, lo cierto es
que los sudamericanos, en este momento, abren sus brazos a Inglaterra: es
indiferente en qué forma buscan nuestra ayuda, siempre que el incremento de los
negocios y el nuevo mercado que nos ofrecen para la venta de nuestras
manufacturas compense nuestra protección».
La redacción de este documento acercó a Moreno a los sectores
revolucionarios, que venÃan formándose desde las invasiones inglesas, y de los
que se habÃa mantenido a una prudente distancia. Tal vez por eso lo haya
sorprendido el nombramiento como secretario de la Primera Junta de Gobierno,
según cuenta su hermano Manuel.
Moreno no fue protagonista de la Semana de Mayo. No se lo escuchó como a
Castelli en el famoso Cabildo del 22, ni anduvo por la plaza con los chisperos
de French y Beruti. Su protagonismo comenzó el 25 de mayo de 1810, al asumir
las SecretarÃas de Guerra y Gobierno de la Primera Junta. Desde allà desplegará
toda su actividad revolucionaria. Bajo su impulso, la Junta produjo la apertura
de varios puertos al comercio exterior, redujo los derechos de exportación y
redactó un reglamento de comercio, medidas con las que pretendió mejorar la
situación económica y la recaudación fiscal. Creó la biblioteca pública y el
órgano oficial del gobierno revolucionario, La Gazeta, dirigida por
el propio Moreno, que decÃa en uno de sus primeros números: «El
pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien; él debe aspirar a que
nunca puedan obrar mal. Seremos respetables a las naciones extranjeras, no por
riquezas, que excitarán su codicia; no por el número de tropas, que en muchos
años no podrán igualar las de Europa; lo seremos solamente cuando renazcan en
nosotros las virtudes de un pueblo sobrio y laborioso».
Por una circular del 27 de mayo de 1810, la Junta invitaba a las
provincias interiores a enviar diputados para integrarse a un Congreso General
Constituyente. En Buenos Aires, el ex virrey Cisneros y los miembros de la
Audiencia trataron de huir a Montevideo y unirse a ElÃo (que no acataba la
autoridad de Buenos Aires y logrará ser nombrado virrey), pero fueron
arrestados y enviados a España en un buque inglés.
En Córdoba se produjo un levantamiento contrarrevolucionario de ex
funcionarios españoles desocupados, encabezado por Santiago de Liniers. El
movimiento fue rápidamente derrotado por las fuerzas patriotas al mando de
Francisco Ortiz de Ocampo. Liniers y sus compañeros fueron detenidos. La Junta
de Buenos Aires ordenó que fueran fusilados, pero Ocampo se negó a cumplir la
orden por haber sido compañero de Liniers durante las invasiones inglesas.
Moreno se indignó: «¿Con qué confianza encargaremos grandes obras a
hombres que se asustan de una ejecución?» Encargó entonces la
tarea a Juan José Castelli, quien cumplió con la sentencia, fusilando a Liniers
y sus cómplices el 26 de agosto de 1810.
En julio de 1810, la Junta habÃa encargado a Moreno la redacción de
un Plan de Operaciones, destinado a unificar los propósitos y
estrategias de la revolución. Moreno presentó el plan a la Junta en agosto, y
le aclaró a su auditorio que no debÃa «escandalizarse por el sentido
de mis voces, de cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a toda costa. Para
conseguir el ideal revolucionario hace falta recurrir a medios muy radicales».
En el Plan de Operaciones, Moreno propuso promover una
insurrección en la Banda Oriental y el Sur del Brasil, seguir fingiendo lealtad
a Fernando VII para ganar tiempo, y garantizar la neutralidad o el apoyo de
Inglaterra y Portugal, expropiar las riquezas de los españoles y destinar esos
fondos a crear ingenios y fábricas, y fortalecer la navegación. Recomendaba
seguir «la conducta más cruel y sanguinaria con los enemigos» para
lograr el objetivo final: la independencia absoluta.
A poco de asumir el nuevo gobierno, se habÃan evidenciado las
diferencias entre el presidente, Saavedra, y el secretario Moreno.
Moreno encarnaba el ideario de los sectores que propiciaban algo más que
un cambio administrativo. Se proponÃan cambios económicos y sociales más
profundos. Pensaba que la revolución debÃa controlarse desde Buenos Aires,
porque el interior seguÃa en manos de los sectores más conservadores vinculados
al poder anterior.
«El gobierno antiguo nos habÃa condenado a vegetar en la oscuridad y
abatimiento, pero como la naturaleza nos ha criado para grandes cosas, hemos
empezado a obrarlas, limpiando el terreno de tanto mandón ignorante.»
Saavedra, en cambio, representaba a los sectores conservadores a favor
del mantenimiento de la situación social anterior.
Un episodio complicó aun más la relación entre ambos. El 5 de diciembre
de 1810, hubo una fiesta en el Regimiento de Patricios, para celebrar la
victoria de Suipacha. Uno de los asistentes, el capitán de Húsares Atanasio
Duarte, que habÃa tomado algunas copas de más, propuso un brindis «por el
primer rey y emperador de América, Don Cornelio Saavedra» y le ofreció a doña
Saturnina, la esposa de éste último, una corona de azúcar que adornaba una
torta.
Al enterarse del episodio, el secretario Moreno decretó el inmediato
destierro de Atanasio Duarte, diciendo que «…un habitante de Buenos
Aires ni ebrio ni dormido debe tener expresiones contra la libertad de su paÃs»;
prohibió todo brindis o aclamación pública a favor de cualquier funcionario y
suprimió todos los honores especiales de que gozaba el Presidente de la Junta.
La pelea entre Moreno y Saavedra estaba desatada.
Moreno, preocupado por los sentimientos conservadores que predominaban
en el interior, entendió que la influencia de los diputados que comenzaban a
llegar serÃa negativa para el desarrollo de la revolución. A partir de una
maniobra de Saavedra, estos diputados se fueron incorporando al Ejecutivo, y no
al prometido Congreso Constituyente. Moreno se opuso y pidió que se respetara
la disposición del 27. Pero estaba en minorÃa y solo recibió el apoyo de Paso.
Cornelio Saavedra, moderado y conciliador con las ex autoridades
coloniales, habÃa logrado imponerse sobre Mariano Moreno. Para desembarazarse
de él lo envió a Europa con una misión relacionada con la compra de armamento.
Moreno aceptó, quizás con la intención de dar tiempo a sus partidarios para
revertir la situación, y quizás también para salvar su vida. Saavedra dio su
versión de los hechos en una carta dirigida a Chiclana el 15 de enero de
1811: «Me llamó aparte y me pidió por favor se le mandase de
diputado a Londres: se lo ofrecà bajo mi palabra; le conseguà todo: se le han
asignado 8.000 pesos al año mientras está allÃ, se le han dado 20.000 pesos
para gastos; se le ha concedido llevar a su hermano y a Guido, tan buenos como
él, con dos años adelantados de sueldos y 500 pesos de sobresueldo, en fin,
cuanto me ha pedido tanto le he servido».
La fragata inglesa Fama soltó amarras el 24 de enero de
1811. A poco de partir Moreno, que nunca habÃa gozado de buena salud, se sintió
enfermo y le comentó a sus acompañantes: «Algo funesto se anuncia en
mi viaje…». Las presunciones de Moreno no eran infundadas. Resulta
altamente sospechoso que el gobierno porteño hubiera firmado contrato con un
tal Mr. Curtis el 9 de febrero, es decir, quince dÃas después de la partida del
ex secretario de la Junta de Mayo, adjudicándole una misión idéntica a la de
Moreno para el equipamiento del incipiente ejército nacional. El artÃculo 11 de
este documento aclara «que si el señor doctor don Mariano Moreno hubiere
fallecido, o por algún accidente imprevisto no se hallare en Inglaterra, deberá
entenderse Mr. Curtis con don Aniceto Padilla en los mismos términos que lo
habrÃa hecho el doctor Moreno».
Al poco tiempo de partir Moreno hacia su destino londinense, Guadalupe,
que habÃa recibido en una encomienda anónima un abanico de luto, un velo y un
par de guantes negros, comenzó a escribirle decenas de cartas a su esposo. En
una de ellas le decÃa: «Moreno, si no te perjudicas, procura venirte
lo más pronto que puedas o hacerme llevar porque sin vos no puedo vivir. No
tengo gusto para nada de considerar que estés enfermo o triste sin tener tu
mujer y tu hijo que te consuelen; ¿o quizás ya habrás encontrado alguna inglesa
que ocupe mi lugar? No hagas eso Moreno, cuando te tiente alguna inglesa
acuérdate que tienes una mujer fiel a quien ofendes después de Dios».
La carta estaba fechada el 14 de marzo de 1811, y como las otras, nunca llegó a
destino. Mariano Moreno habÃa muerto hacÃa diez dÃas, tras ingerir una
sospechosa medicina suministrada por el capitán del barco. Su cuerpo fue
arrojado al mar envuelto en una bandera inglesa. Guadalupe le siguió escribiendo
sus fogosas cartas. Se enteró de la trágica noticia varios meses después,
cuando Saavedra lanzó su célebre frase: «HacÃa falta tanta agua para
apagar tanto fuego». Los boticarios de la época solÃan describir los
sÃntomas producidos por la ingesta de arsénico como a un fuego que quema las
entrañas.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar
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