La destrucción de libros
22 de abril de 2023 - 00:01
El 10 de mayo se cumplen 90 años de uno de los episodios que mostró al mundo el horror del incipiente nazismo: la quema de libros en la Opernplatz de Berlin. Más de veinte mil ejemplares fueron prendidos fuego ante unas setenta mil personas que aprobaban esa locura. Se quemaron libros definidos como antialemanes, aunque el listado abarcaba todo tipo de obras, porque los censores suelen tener una mirada bastante amplia a la hora de destruir. El ingrato fenómeno se replicó en distintas ciudades alemanes. Encendieron un fuego de odio, muerte y persecución que se sostuvo por más de una década.
Con
menos prensa en su momento, pero con igual ferocidad, la dictadura
cÃvico-militar argentina también tuvo su propia destrucción de libros. La más
importante fue la ocurrida en junio de 1980, cuando se quemaron veinticuatro
toneladas de libros y fascÃculos del Centro Editor de América Latina. No fue la
única destrucción de libros de la dictadura. Como parte de un plan sistemático,
ya se habÃan hecho otras quemas en Capital Federal, Córdoba, Rosario y Entre
RÃos. A esos actos hay que sumar los libros que muchos arrojaron al fuego en
sus casas por temor a represalias.
Ni los
nazis, ni tampoco los golpistas argentinos, inventaron nada. Desde que el libro
existe en cualquier formato (tablillas, papiros, pergaminos, papel) hubo
siempre gente interesada en terminar con su existencia. No hay civilización que
no haya destruido o sido vÃctima de la destrucción de sus escritos, no solo
artÃsticos, sino también registros sociales, legales o históricos. Los
interesados en hacer un recorrido por esta costumbre nefasta pueden consultar
la muy documentada Historia universal de la destrucción de libros,
del venezolano Fernando Báez. En su introducción, Báez afirma: “Un libro se
destruye con ánimo de aniquilar la memoria que encierra, es decir, el
patrimonio de ideas de una cultura entera. La destrucción se cumple contra todo
lo que se considere una amenaza directa o indirecta a un valor considerado
superior. El libro no se destruye porque se lo odie como objeto. La parte
material sólo puede ser asociada al libro en una medida circunstancial”
Destruir
libros es intentar borrar la memoria histórica y anticipa otras formas de
destrucción social. Como escribió el poeta alemán Heinrich Heine en el siglo
XIX: “Donde se queman libros terminan quemando personas”.
En estos
tiempos, suprimir obras literarias o sociales parece ser un fenómeno lejano,
que puede ocurrir en manos de grupos extremistas religiosos en la otra punta
del planeta, o de algún fanático poseedor de un circo a contramano. Pocos
sospechan que la destrucción de libros es algo cotidiano en la Argentina. Si el
secreto del diablo es hacernos creer que no existe, el secreto del capitalismo
es hacernos creer que son normales verdaderas atrocidades.
Antes
que nada, una pequeña anécdota personal. Entre enero y marzo, los autores
revisamos ansiosamente la casilla de e-mails con la esperanza de que lleguen
las liquidaciones de libros del semestre anterior. Generalmente, los libros
vendidos entre julio y diciembre se pagan en febrero o marzo, nunca antes. Y al
precio vendido en su momento (nada de actualizar por inflación). Con cierta
inquietud, noté que una de las editoriales en las que tengo obra publicada, no
me habÃa mandado la liquidación semestral. Envié un mail para saber la razón y
la respuesta fue que, como los dos libros tenÃan los contratos vencidos, los
habÃan sacado del sistema. Entonces les consulté qué habÃa pasado con más de
7000 ejemplares que quedaban a julio del año pasado. Después de varios dÃas de
silencio, me enviaron la liquidación que, por error, no habÃan hecho. TenÃa
para cobrar un poco más de 700 libros vendidos. Pero el dato inquietante era
que habÃan mandado a destruir 3700 ejemplares porque los contratos estaban
vencidos y habÃa pasado el tiempo de venta. Nunca me avisaron, obviamente, de
que iban a “picar” libros, según la jerga del mundo editorial.
No nos
detengamos en el hecho de que el autor no controla si realmente se picaron o si
se vendieron y su liquidación “se perdió”, como hubiera pasado si no reclamaba.
Vayamos al acto salvaje de destrozar libros. Porque esta editorial no es la
única que lo hace, sino que todos los sellos importantes tienen esa costumbre.
Se realiza cuando un contrato ya no tiene vigencia, pero también cuando quedan
saldos grandes de ejemplares. A dos o tres años de aparecido el libro, lo
habitual es que si hay en depósito, pongamos por caso, 4000 ejemplares, se
destruyen unos 3000 y se deja una cantidad suficiente para atender los pedidos
de librerÃas o de algún lector que osa comprar libros por fuera de las
novedades. Esto no impide que después estos mismos libros se reimpriman o se
vuelvan a editar en otra colección de la misma editorial. Porque no es nada
personal con el libro. Se necesita espacio para los tÃtulos más recientes. Es
muy caro el costo de depósito. Mejor destruirlos y, si lo amerita por algún
interés circunstancial, volver a imprimirlos.
En
general, se le avisa al autor y se le permite llevar ejemplares. Ninguna
editorial ofrece la posibilidad de donar esos libros a las miles de bibliotecas
públicas que hay en la Argentina. Para eso habrÃa que armar una logÃstica que
no están dispuestas a hacer. Porque regalar libros no es bueno para el mercado
editorial. Destruirlos sÃ.
Seguramente
hay datos estadÃsticos de cuántos libros se destruyen en la Argentina cada año
por falta de espacio en los depósitos de las editoriales y distribuidoras. Esos
miles de ejemplares no suelen generar preocupación, como si destruir ejemplares
en nombre de Dios, de Alá, del Comunismo, o del Imperio Romano, fuera más grave
que hacerlo porque el sistema capitalista necesitar generar nuevos consumos
todos el tiempo.
No hay diferencia con lo que ocurre en otros ámbitos. Estados Unidos y la Unión Europea usaron como basurero a paÃses africanos para sus vacunas contra el covid vencidas o a punto de vencer, en vez de donarlas con tiempo para su aplicación. El desierto chileno de Atacama se convirtió en un cementerio de ropa de marca jamás vendida, ni usada. El derroche de los que tienen y que jamás llega a los que nada poseen.
Quizás
dentro de un siglo, lo que hoy nos parece normal para que funcione el mundo
editorial, el negocio de la salud o la industria de la moda, sea observado con
el mismo horror con el que nosotros vemos la quema de libros que hicieron los
nazis hace noventa años.
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