El primer campo de concentración argentino
5 de mayo de 2023 - 00:01
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· Toda revolución es improvisada, y la hacen gentes capaces de pensar sobre la marcha, inventar, recrear, adaptar. La Revolución de Mayo no fue la excepción y entre tantas improvisaciones se destaca la del abogado Manuel Belgrano convertido en general y creando una bandera cuando todo era un esbozo. Como se sabe, la improvisación funcionó, terminamos teniendo un paÃs y la bandera sigue ahÃ.
Lo que
nadie habÃa previsto y hubo también que improvisar fue uno de esos problemas
derivados del éxito. Belgrano penó y penó, pero al final batió a los godos en
Tucumán. San MartÃn penó menos, que era un profesional, pero los llenó de dedos
en San Lorenzo y en Chile. Y ahà vino la pregunta: ¿qué hacemos con los
prisioneros? Que eran unos cuantos, contando con lo que era el ejército del Rey
en todas nuestras ciudades, que fue desarmado y confinado.
La
solución fue dura, la creación del primer campo de concentración de nuestro
paÃs, en medio de la nada de la vieja provincia de Buenos Aires, la que
terminaba en el rÃo Salado.
Para
1816, los españoles avanzaban fuerte en un contraataque continental. La
declaración de independencia fue un desafÃo, no una conclusión, y el Directorio
de Juan Manuel de Pueyrredón endurece la mano con "los delincuentes que
abundan en el pays", como dice con Y el acta de la época. Además de
delincuentes comunes, habÃa desertores en cantidad, que ya habÃan empezado las
levas. Y prisioneros realistas.
La
decisión es llevarlos a la frontera sur, lejos de toda posibilidad de rescate
por mar o por tierra. Se elige un paraje muy duro cerca de la laguna Kakel
Huincul, hoy un paraje muy bonito en el departamento de Maipú. A los
prisioneros de rigor, españoles o realistas, se los lleva más allá, a los bajos
salobres del rÃo Salado, en tierras áridas y llenas de brusquillas, un arbusto
espinoso y pelón. El campo, un fortincito de palo a pique y adobe, pasa a
llamarse como Las Bruscas, por el arbustito. En 1817 le cambian el nombre a
Santa Elena, pero nadie da bola.
Las Bruscas no era como lo que se vio después, cuando los mismos españoles inventaron el "campo de reconcentración" en Cuba para quitarle apoyo a los rebeldes de fin de siglo, arreando poblaciones enteras adentro de una alambrada. En nuestro primer campo de prisioneros no habÃa cercas por que no habÃa dónde huir. Eran leguas y leguas hasta la costa, leguas y leguas hasta el ejército realista más cercano. Lo único que quedaba cerca era la frontera con los indios independientes, que no sentÃan mayor aprecio por los godos.
Al
llegar, los prisioneros se encontraban que ni celdas habÃa y que se tenÃan que
construir sus ranchos con lo que hubiera a mano. La comida era pésima, carne de
yegua la más veces, y la aguada más cercana estaba a unos buenos kilómetros,
chapotendo en barriales salobres llenos de cañas. Nadie recibÃa uniformes de
presidiario, nadie recibÃa ropa alguna, y en cosa de semanas la población
carcelaria estaba en harapos.
Félix
Luna cuenta la saga de un oficial aragonés, Faustino Ansay, que llegó a Buenos
Aires como un joven alférez y para 1810 era coronel y jefe de la frontera sur
de Mendoza. Ansay y otros oficiales y funcionarios españoles trataron de
ocultar las noticias de la Revolución y de evitar un cabildo abierto. Los
realistas esperaban que Santiago de Liniers tuviera éxito en Córdoba con su
contrarrevolución y los rescatara, pero el que llegó primero fue un oficial
enviado desde Buenos Aires que metió preso a medio mundo, empezando por Ansay.
El
coronel, ya cincuentón, iba a pasar las de CaÃn en los siguientes doce años.
Primero le embargaron todo lo que tenÃa, lo subieron a un caballo y lo mandaron
esposado a Buenos Aires, lo que tomó semanas. En el fuerte lo recibió un edecán
de Cornelio Saavedra, que le sacó unos pesos y unas joyas que habÃa alcanzado a
esconder. Esperó en el calabozo la condena, que fue de diez años de
confinamiento en el fin del mundo, o sea Carmen de Patagones, con un estipendio
equivalente a un tercio de su sueldo de coronel. Ansay suspiró aliviado, porque
no lo iban a fusilar y porque al fin le sacaron los grilletes.
En
febrero de 1811, la partida llegó al RÃo Negro, donde los recibieron bien y se
enteraron que los oficiales podÃan comer con el presidiario en jefe todos los
dÃas. Nadie los encerró y hasta les decÃan vuesamercé, a la antigua. Asà pasó
un añito tranquilo, hasta que un dÃa llegó un bergantÃn británico, el Amazonas,
y los españoles lo coparon y bien armados ocuparon Carmen de Patagones. Para
más suerte, enseguida llegó otro velero, el Queche, cuyo capitán ingenuamente
desembarcó, sólo para perder su comando.
Los fugados llegaron sanos y salvos a Montevideo, baluarte realista, donde los recibieron como héroes y hasta les pagaron los dos años de salarios que les debÃan. Ansay fue designado jefe de la fortaleza del Cerro y se lució con sus incursiones nocturnas para robar ganado y alimentos para la ciudad sitiada. Pero para mediados de junio de 1814, Alvear rindió la ciudad y el coronel volvió a ser prisionero. Para ese entonces, los patriotas conocÃan las aventuras del aragonés y lo detestaban, con lo que el coronel fue mandado inmediatamente a Buenos Aires. Tras una breve entrevista con el director supremo Gervasio de Posadas, que se ve que querÃa conocerlo, pasó un mes en el calabozo.
De ahÃ
fue a parar a San Miguel de la Guardia del Monte, donde ya se concentraban
quinientos prisioneros realistas, luego a RÃo Cuarto y después a Córdoba, donde
habÃa cien prisioneros más, estos traÃdos de Chile. Los maltratos eran constantes,
como las amenazas de muerte y los insultos. En junio de 1816, llegó la orden de
trasladar a los prisioneros a Las Bruscas, lo que tardó cincuenta dÃas en
carreta.
Al
llegar se encontraron con más realistas presos y se pusieron a hacer sus ranchos.
Los guardias rotaban cada mes y eran cada vez más violentos, y en sus memorias
Ansay recordó los palos en el lomo que les dedicaron sus guardias del
regimiento de Pardos y Morenos, especialmente rencorosos con los españoles. El
único contacto con el exterior era coimeando a los guardias por algún alimento
o una carta, y alguno que otro prisionero pudo hasta comprar un caballo y
fugarse. Nadie se molestaba en ir a buscarlo, que el desierto y los mapuches se
encargaban, pero el castigo para los que quedaban era ejemplar. Por cada fugado
se elegÃa un prisionero que era llevado a Buenos Aires cubierto de cadenas y
puesto a trabajar arreglando calles, todavÃa encadenado y sometido a la burla
pública.
Ansay,
enfermo, logró que lo trasladaran a un hospital en la capital en 1820. Con
ayuda de "una dama" a la que no mencionó por nombre, logró fugarse,
subirse a un barquito y llegar a Colonia del Sacramento, en ese momento ocupada
por los portugueses. Menos de un año después estaba de vuelta en Zaragoza.
El
campo de Las Bruscas llegó a tener más de mil prisioneros y era tan famoso que
hasta en Perú maltrataban a los prisioneros patriotas para retribuir la
cortesÃa. El gran alivio de los confinados era que los distribuyeran como
esclavos a las estancias cercanas o los pusieron a trabajar en obras públicas,
con suerte en la cercana y naciente Dolores. Era duro, pero se comÃa mejor y no
te daban palos.
Fuente: Página/12
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