Dramaturga y periodista
Murió
MarÃa Cristina Verrier, la única mujer del Operativo Cóndor
29 de abril de 2023 - 17:06
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La dramaturga y periodista MarÃa Cristina Verrier, de
extensa producción como autora con obras como "Los olvidados",
"La bronca" o "Naranjas amargas para mamá", y la única
integrante del grupo de militantes peronistas que en 1966 secuestró un avión de
pasajeros que iba a RÃo Gallegos para desviarlo hacia las Islas Malvinas, donde
desplegaron siete banderas argentinas, falleció este viernes en la Ciudad de
Buenos Aires.
Asà lo informó un comunicado de Argentores (Sociedad
Argentina de Autores de Argentina): "Con gran pesar despedimos a la
dramaturga y periodista MarÃa Cristina Verrier, quien falleció ayer en la
ciudad de Buenos Aires. Desde Argentores enviamos nuestras condolencias a
familiares y amigos de nuestra socia en este triste momento", expresan las
primeras lÃneas del texto.
Quién fue MarÃa Cristina Verrier
Verrier habÃa nacido en 1939 en la Ciudad de Buenos Aires,
y además de su profusa labor como dramaturga, también trabajó como periodista
en la Revista Panorama. Pero es especialmente recordada como una de los mentes
que ideó el denominado "Operativo Cóndor", que tuvo lugar el 28 de
septiembre de 1966.
Por ese entonces Verrier, hija de César Verrier, que habÃa
sido juez y funcionario durante la presidencia de Arturo Frondizi, tenÃa 27
años. Junto con su pareja, Dardo Cabo, y otros 16 integrantes del Movimiento
Nueva Argentina (MNA) se apoderaron de un avión de AerolÃneas Argentinas que
viajaba de Buenos Aires a RÃo Gallegos y forzaron a su comandante a desviar el
rumbo hacia las Islas Malvinas. Una vez allà izaron las banderas y reclamaron
por la soberanÃa argentina.
Superados en número y armamento, negociaron dejar las armas en el avión y se entregaron ante el párroco de la Iglesia de las Islas -no ante autoridades británicas, ante quienes nunca se rindieron-, y horas después regresaron al continente en un buque argentino. Verrier era la única mujer que integraba el grupo.
Entre la producción teatral de Verrier se cuentan, entre
otras las obras, "Los olvidados", "La bronca",
"Naranjas amargas para mamá", La balada de la idiota", "Acá
están, estos son", "Cero", "La pequeña gente",
"La cueva de los tres jorobados", "Los viajeros del tren a la
luna" o "La roña".
Verrier fue, además, fundadora junto a Abel Sáenz Buhr del
teatro El Altillo, ubicado en Florida 460, donde estrenó muchas de sus piezas.
Qué fue el Operativo Cóndor
El 28 de septiembre de 1966, dieciocho jóvenes estudiantes
y obreros asestaron un golpe a la flamante dictadura de Juan Carlos OnganÃa: secuestraron
un avión de lÃnea, lo aterrizaron en las Islas Malvinas y allà izaron siete
banderas argentinas que flamearon durante 36 horas. Reclamaron la soberanÃa
sobre ese territorio y aguardaron que un sector del Ejército aprovechara esa
irrupción y desembarcara en las islas para recuperarlas.
Cuando se cumplieron 40 años de la gesta, dos de los
protagonistas relataron a Página/12 los
detalles de lo ocurrido con el objetivo de “ponerlo en la memoria popular, el
lugar donde siempre debió estar”.
“Lo nuestro fue más lÃrico que lo de los pibes de 1982;
fuimos por convicción nacional”, compara Pedro “Tito” Bernardini, uno de los
diecisiete militantes que volaron bajo el mando del dirigente Dardo Cabo. “No
se trató de un hecho delictivo, porque no delinque quien exige lo que es suyo”,
aclara Norberto Karasiewicz, otro de los sobrevivientes.
Cómo se gestó el secuestro
El Operativo Cóndor, primer secuestro aéreo del paÃs, se
gestó tres años antes de su concreción. “Hubo que trabajar bastante para
obtener medios y hacer operativos económicos. ¿Se entiende a qué me refiero?”,
confÃa Bernardini con un gesto de complicidad.
Veinte fueron los elegidos para el operativo, entre
militantes nacionalistas y de la JP, algunos de los cuales se sumaron mas tarde
a la combativa JP de los ‘70, en tanto que otros, como Alejandro Giovenco,
militaron en la ultraderecha . La
logÃstica se basó en tareas de inteligencia que Cristina Verrier habÃa hecho
durante unos viajes a Malvinas como turista. La instrucción militar
habÃa sido adquirida junto a quienes luchaban por el retorno de Juan Domingo
Perón.
Antes de partir, el grupo estuvo “encerrado” tres dÃas en
un camping de la UTA, en Ituzaingó: “Dos dÃas fueron de retiro espiritual,
porque sabÃamos que era una misión de la que por ahà no volvÃamos; de hecho,
dos compañeros desertaron”, admite el “Flaco” Karasiewicz.
Con Felipe de Edimburgo de testigo
La elección del dÃa se basó en dos hechos. Estaba en el
paÃs el esposo de la reina de Inglaterra, Felipe de Edimburgo, en carácter de
presidente de la Federación Ecuestre Internacional. Y el contralmirante José
MarÃa Guzmán debÃa volar al territorio del que era gobernador, Tierra del Fuego
e Islas del Atlántico Sur.
“TenÃamos todo listo, los fierros cortos encima y la
ferreterÃa (las armas largas) en las bodegas”, resume Bernardini. Cada uno de
los dieciocho comandos tenÃa una misión. Ningún imprevisto podrÃa
sorprenderlos. Pero al Flaco se le escapó uno: el dÃa del viaje, su esposa dio
a luz su primera hija. “Me enteré y tuve la necesidad de verlas. Cuando me
despedà les dije: ‘Mañana vengo a la hora de la visita’. Y salÔ, rememora. Al
otro dÃa, no apareció. Sà lo hicieron periodistas ávidos de conocer a Malvina,
la hija del hombre que por esas horas tomaba las islas.
“Muchachos, aunque nos cueste la vida. Lo de menos es que
nos lleven presos a Inglaterra. Lo más glorioso, que caigamos en el intento”,
dijo Dardo Cabo antes de salir.
En el avión de AerolÃneas
Partieron a la 0.30 del dÃa 28 en un Douglas DC4 del vuelo
648 Buenos Aires-RÃo Gallegos de AerolÃneas Argentinas. Iban 48 pasajeros.
Durante el vuelo, Dardo Cabo y Alejandro Giovenco, el segundo al mando,
entraron armados a la cabina y ordenaron el cambio de rumbo al comandante
Ernesto Fernández GarcÃa. El piloto excusó falta de autonomÃa de vuelo. “Pero
nosotros sabÃamos que habÃa combustible suficiente. Se le ordenó que tomara el
rumbo 105 en Puerto San Julián y girara a la izquierda para abrirse del
continente. Y lo hizo”, cuenta Karasiewicz, a quien también llamaban
“Curumanqué”.
Carlos RodrÃguez y Pedro “La Yegua” Cursi se acercaron al
gobernador Guzmán y le anunciaron: “Contralmirante, el avión ha sido tomado.
Vamos a Puerto San Julián rumbo a Malvinas”. El militar no lo creyó, tensó una
discusión y su edecán se levantó e “intentó sacar una (pistola) 357, de la que
después nos apoderamos –sonrÃe el Flaco–. Uno de los compañeros le dio un golpe.
Guzmán quedó quietito”.
A las 8.42, aterrizaron en Puerto Stanley, detrás de la casa del gobernador inglés sir Cosmo Dugal Patrick Thomas Haskard (ausente ese dÃa), sobre una pista para carreras hÃpicas. Abrieron las puertas, se tiraron con sogas, desplegaron delante del avión en forma de abanico e izaron siete banderas argentinas.
En territorio de Malvinas
El suceso convocó a kelpers y jefes de la milicia de la
isla, inmediatamente tomados como rehenes “hasta tanto el gobernador inglés
reconozca que estamos en territorio argentino”, advirtió Dardo Cabo desde la
radio del avión. Bajo esa presión, se aprestaron a cantar el Himno Nacional.
“Quisimos entregarle la autoridad a Guzmán, pero nos dio la espalda y se negó a
cantar”, reniega Karasiewicz.
De pie y frente a la mirada de todos, Cabo proclamó:
“Ponemos hoy nuestros pies en las Islas Malvinas argentinas para reafirmar con
nuestra presencia la soberanÃa nacional y quedar como celosos custodios de la
azul y blanca (...) O concretamos nuestro futuro o moriremos con el pasado”.
Luego rebautizó al lugar como Puerto Rivero, en homenaje al gaucho Antonio
Rivero que en 1833 se alzó contra los ingleses y gobernó las islas por unos meses.
Para Tito Bernardini, “izar la bandera y cantar la Marcha
de San Lorenzo, Aurora y el Himno fueron cosas muy emotivas”.
Una hora después del aterrizaje, Cabo avisó al continente: “Operación Cóndor, cumplida”. Los medios de comunicación británicos y argentinos se hicieron eco del hecho, hasta el avión de un periódico intentó llegar a las islas, pero la Fuerza Aérea lo obligó a volver al continente. Cientos de militantes se movilizaron en varias ciudades y el flamante dictador, sobresaltado, se preocupó en calmar las intranquilas aguas diplomáticas, por entonces a cargo de su canciller, Nicanor Costa Méndez, el mismo de la aventura de Malvinas de 1982.
El objetivo trunco
El reclamo de soberanÃa se habÃa cumplido. De antemano,
los integrantes del grupo sabÃan que en algún momento debÃan deponer las armas
y luego morir o ser juzgados. Pero la esperanza era otra, un segundo objetivo
aún más lÃrico: que militares nacionalistas desembarcaran en la isla y la
tomaran.
“Ese objetivo logÃstico no se cumplió porque el capitán de
la nave BahÃa Buen Suceso, que debÃa entrar a buscarnos en Puerto Rivero, tuvo
miedo y llegó hasta la milla de distancia que permiten las normas
internacionales; fue una falla de OnganÃa”, interpreta Pedro. Es que cuando se
conoció el operativo, el dictador advirtió a sus camaradas que se juzgarÃa a
quien se vinculara con el operativo.
Por una mediación del cura de la isla, el holandés Rodolfo
Roel, los pasajeros fueron alojados en viviendas civiles mientras los
militantes resistÃan bajo una fuerte lluvia. Unos 30 mercenarios belgas e
ingleses, policÃas y civiles armados rodeaban la nave y exigÃan la rendición.
No hubo ningún disparo y, 48 horas después, la resistencia terminó. “No nos
entregamos ni nos rendimos, ‘depusimos’ la actitud –enfatiza Karasiewicz—-. El
reclamo de soberanÃa se habÃa hecho y no tuvimos el apoyo de las tropas
argentinas. Entonces, ante el comandante (Fernández GarcÃa), la única autoridad
que reconocimos, depusimos las armas.”
El grupo firmó un acuerdo en el que también intervino el cura Roel, que antes habÃa celebrado una misa en el avión para los miembros del comando. Después fueron hospedados en la iglesia del puerto durante una semana hasta que fueron trasladados al buque BahÃa Buen Suceso, el ansiado buque, en una lancha carbonera.
De vuelta en casa
Una vez resuelta la tensión, el gobierno de OnganÃa emitió
un comunicado en el que expresó que “la recuperación de Malvinas debe ser
resuelta por la vÃa diplomática y no por un acto de piraterÃa”.
Los dieciocho jóvenes de entre 18 y 32 años, a quienes la CGT calificó de “héroes”, fueron llevados al penal de Ushuaia y luego juzgados en Tierra del Fuego. Como ése habÃa sido el primer secuestro aéreo y en el paÃs no habÃa jurisprudencia al respecto, las figuras con que se los condenó fueron privación ilegÃtima de la libertad, portación de arma de guerra, asociación ilÃcita, piraterÃa y robo en descampado. Tres años de prisión fue la condena para Cabo, Giovenco y RodrÃguez; para el resto, nueve meses.
Fuente: Página/12
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