Nunca
más pude
Por Fabián Restivo
31 de marzo de 2023 - 18:12
. Imagen: Adrián Pérez
“No sé
si quiero hablar. Creo que no, porque hablar es recordar y tengo derecho a no
recordar. No importa que sea de nuevo 2 de abril. Hay cosas que es mejor
dejarlas quietas, pero bueno, venÔ.
Eso dijo
por teléfono. Lo que anticipaba una recepción hostil.
Sebastián
(que no se llama Sebastián) me atendió en la puerta de calle. Tiene los ojos de
acero y un rictus duro en la boca. Creo que él mismo no sabe por qué aceptó,
aun contra su voluntad de no hablar.
“No
quiero ver mi nombre impreso. Son varias las cosas que no quiero. Encontrarme
con ex camaradas tampoco. Nunca fui un soldado: fui un civil de diecinueve años
que llevaron a un combate sin ninguna preparación a pelear contra el mejor
ejercito del mundo. Lo que hicieron con nosotros fue criminal. Fuimos vÃctimas
y mártires, porque se les ocurrió que asà sostenÃan la dictadura. Yo habÃa
estado en Capital dos dÃas antes, en la manifestación del 30 de marzo, y
después se inventaron eso”.
Lo dice
de corrido cruzado de brazos, apoyado en el marco de la puerta de una casa que
no puedo nombrar que queda en una de las tantas diagonales que surcan la ciudad
de La Plata.
“De acá
fuimos un montón, por ahà como castigo por ser una ciudad de universitarios
jóvenes que la dictadura odiaba especialmente. Igual no importa, allá habÃa
chicos de todo el paÃs. Si, chicos. Después lo milicos se enojaban cuando
decÃan “chicos”, porque ellos trataron de instalar que éramos soldados, héroes,
combatientes. Mentiras, éramos chicos que a lo máximo y con suerte habÃamos
tenido un dÃa de practica de tiro, el resto del tiempo le hacÃamos a honor a la
palabra colimba”.
La
palabra colimba significaba corre-limpia-barre. Y si, el 30 de marzo de 1982 la
movilización contra la dictadura cÃvico-militar habÃa sido realmente grande y
en su mayorÃa eran jóvenes.
“Los
militares nunca hicieron un mea culpa de esa barbaridad. Sin duda hubo héroes,
como la fuerza aérea, y parte de la oficialidad. Pero eso no nos engloba a
todos, porque una cosa es que vaya a la guerra alguien que eligió la carrera
militar y otra fuimos nosotros, pibes, civiles, que estábamos por empezar una
vida, una carrera, pero nos llamaron y ahà la quedamos. En dos horas y sin
tener idea, nos cortaron el pelo, nos dieron una vacuna, nos pusieron un arma
en la mano y nos subieron a un avión sin poder ni saludar a tu familia,
perdidos y cagados de miedo. Listo, ahora sos un héroe que tenés que matar
ingleses para salvar a la patria porque se le ocurrió a un tipo, un general que
tomando whisky salÃa al balcón a gritar sin haber estado nunca en una guerra”.
No
pregunto nada. No hay espacio para eso. Sebastián vomita recuerdos que se le
van acumulando a medida que atiza su propio fuego.
“¿Sabés
que soñábamos con comida? ¡Soñábamos y hablábamos de comida! ¿Sabés que en los
pozos cantábamos para no dormirnos con el agua a los tobillos? DÃas sin dormir
ni comer, muertos de frio debajo de la lluvia nieve que te calaba los huesos y
vivÃas tiritando. Yo pesaba setenta kilos, cuando volvà pesaba menos de
cincuenta y me bailaban hasta las botas, y encima cuando llegamos nos mandaron
a una cosa que se llamaba el CARI (centro de atención y recuperación integral)
y ahà nos metÃan comida a presión para que no se viera en qué estado habÃamos
vuelto, y no te olvides que hasta ahà nos llevaron en micros con las
ventanillas tapadas y después en el CARI mientras nos daban de comer nos
amenazaban con la advertencia de no decir nada de como habÃamos estado en
Malvinas. HabÃa muchachos que acababan vomitando por todo lo que les hacÃan
tragar”.
Por
momentos se calla, se aguanta, frunce el ceño y creo que se va a dar vuelta y
va a pegar el portazo sin siquiera saludar. No respira: bufa.
“sÃ,
hubo héroes que después supimos. Los Alacranes, la sección Gatos, la operación
Rosario, los Bravos del 25, militares de verdad, tipos jugados como los del BIM
5, pero nosotros éramos anónimos. A veces tenÃamos que caminar tres kilómetros
mojados y famélicos viendo pasar los camiones que iban vacÃos. El aparato
perverso de la dictadura se mantuvo allá. Nos tenÃan dÃas sin probar bocado y
robábamos para comer. A mà me agarraron robando comida dos veces y los PM me
cagaron a palos. Nosotros muertos de hambre y los galpones hasta el techo de
comida. Alguna vez nos daban un agua sucia con un pedazo de cordero que mas
tardabas en comerlo que la diarrea que nos daba. ¡Héroes, ja! Estábamos ahÃ
porque no habÃa mas remedio. A uno de los chicos le dieron una ametralladora
PAM que no funcionaba, no percutaba, y el oficial que la revisó le dijo que
esas armas ya no servÃan y las habÃan dado de baja dos años antes. Asà que nos
mandaron sin comida, ni preparación, con ropa que no era impermeable y con
armas que no disparaban ¡a pelear contra el ejército británico en medio de la
nieve! De mi grupo, dos muchachos se dispararon en el pie para que los retiren
del frente. Ese nivel de locura manejábamos”.
Al
principio se juntaba con ex combatientes, hasta que se dio cuenta que tampoco
pertenecÃa a ese lugar. Cuando comenzaron a llegar las noticias esquivas de ex
soldados que se suicidaban, decidió que no querÃa estar allÃ. “A pesar de haber
vuelto muy jodido nunca habÃa pensado en el suicidio y esas noticias me
asustaron. Por ahà es una boludez, pero pensé ¿y si me contagio con la idea? y
dejé de ir. Igual eran charlas para apoyarnos entre nosotros, porque no
tenÃamos ningún tipo de asistencia, tanto asà que durante la guerra murieron
poco más de seiscientos soldados y el numero de suicidios llegó a dos mil, y es
lógico, porque un dÃa te dan un arma y te dicen andá y matá, y otro dÃa te la
sacan y te dicen ya no mates y listo, gracias por todo, acá tenés un papel que
dice que sos ex combatiente y ya está, hacé tu vida. Durante muchÃsimo tiempo
después, caminando por la calle sentÃa que me faltaba el fusil, y eso me dejaba
inseguro. Es una locura, pero me pasaba. Pensaba que si pasaba algo no tenÃa
cómo defenderme y encima comenzaron con esa cosa en la televisión de la amistad
entre militares ingleses y argentinos, que habÃan peleado enfrentados y se
daban la mano y todo eso. Eran oficiales de alto rango y nosotros los jodidos,
jodidos nomás. Nuestros militares no nos saludaban a nosotros, se saludaban
entre ellos, ¡con los ingleses!”.
No es
fácil escucharlo, pero mas difÃcil es verlo, sentirlo debatirse aun entre lo
que le sale decir y su resistencia. Cuando parece que ya paró de hablar,
arranca de nuevo metiéndose las manos en los bolsillos:” el ultimo dÃa yo
estaba de guardia y veo soldados corriendo y a los ingleses bajando de los
cerros, y uno me grita vamos a la base, se acabó la guerra, ¡nos rendimos! yo
pensaba que no podÃa dejar la guardia, habÃa castigos jodidos por eso, pero
veÃa que cada vez iban mas y yo pensaba ¿qué es rendirse? ¿Qué va a pasar? ¿Nos
van a fusilar, a matar, a violar, a pegar? estaba aterrado hasta que uno me
empujó y fui también. Nos pusieron en fila y habÃa al costado una montaña de
armas y cascos, pasábamos y nos sacaban todo y lo tiraban allá. Ahà vi por
primera vez a un soldado inglés de cerca. Los tipos estaban recontra equipados.
Daban envidia…”.
No sé
cuanto tiempo llevo sólo escuchándolo y mirándolo sin amagar siquiera a decir
palabra, pero la tarde comienza a caer. “De ahà nos subieron al Gamberra,
éramos mas de cuatro mil ahà y no se cuánto tardamos en llegar y desembarcar.
Eran horas infinitas, pero nos trataron bien y nos dieron algo de comer.
Después lo que ya te conté, los milicos nos movÃan de noche, escondidos para
que no se note cómo estábamos y todo lo demás”.
Nos
despedimos y por primera vez me mira a los ojos y parece que afloja el gesto.
“Sabés?
Cuando era chico me gustaba escaparme los dÃas de lluvia en invierno, eso me
hacÃa feliz. ¡Mi vieja, puteaba! Porque después me daba fiebre, gripe… me
escapaba a caminar debajo de la lluvia y eso me daba mucha risa, el frio,
mojarme, no sé, me daba risa y me gustaba. Nunca más pude”.
Fuente: Página/12
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