Democracias políticas, dictaduras económicas
30 de marzo de 2023 - 00:05
Desde Francia hasta Uruguay, no por casualidad, los gobiernos neoliberales han propuesto una reforma jubilatoria que agrega años a la edad de retiro (dos en Francia; hasta cinco en Uruguay). La narrativa que justifica el incremento de la edad de retiro es doble: (1) la gente vive más y, por lo tanto, debe trabajar más; (2) si no se hacen estas “necesarias y dolorosas reformas”, el sistema se desfinanciará y el país perderá competitividad en el mundo, ya que otros países han aplicado estas mismas medidas, necesarias para la clase financiera y dolorosas para las clases productivas. El mismo discurso, más una tercera amenaza, se ha repetido por décadas en Estados Unidos: (3) el Social Security (invento de “el presidente comunista” Franklin D. Roosevelt durante la Gran Depresión) no es sustentable, por lo cual hay que elevar la edad de retiro y, hasta donde sea posible, privatizarlo. No importa que sea y siempre haya sido autosustentable. Los seguros sociales son eso: seguros, no inversiones de riesgo.
La
privatización se puso en práctica primero en los países periféricos. La
destrucción de la democracia socialista de Allende, hace cincuenta años, y la
imposición de la dictadura de Pinochet tuvo la intención declarada de preservar
la libertad de los capitales y utilizar a este país como laboratorio de las
teorías neoliberales de Hayek y Friedman. El “Milagro chileno” se destacó por
sus crisis sociales y económicas, pese al tsunami de dólares de Washington y
las grandes corporaciones. El modelo de pensiones semiprivadas se llevó a
Uruguay en 1996 y solo le tomó veinte años para fracasar. El maldito Estado
debió salir al rescate de los perjudicados por los genios de las inversiones.
La
dificultad de que un solo país, sea Francia o Uruguay puedan resistir esta
aceleración del robo a las clases trabajadoras se debe a que estas políticas
neoliberales tienen alcance global. Los países son rehenes de los grandes
capitales que migran de un país al otro en cuestión de horas, aterrorizando a
las poblaciones con la amenaza de otra crisis económica y obligando a sus
gobernantes, democráticos o no, a arrodillarse ante estos señores feudales. Por
otro lado, las mayores instituciones financieras del mundo, como el FMI y el
Banco Mundial, son aliados de esta mafia. El BM se define como un banco
para el desarrollo, pero su práctica indica lo contrario: está al servicio
de los beneficios de los capitales, informando al minuto qué países están
planeando votar una ley para proteger a sus trabajadores o para controlar la
banca con regulaciones. Así, sus socios y clientes pueden proteger sus
inversiones transfiriendo sus millones de un país soberano a otro más friendly,
mejor ubicado en el ranking de “libertad de negocios”, otra de esas viejas
ficciones funcionales.
Desde
los años 80, la productividad de los trabajadores en Estados Unidos y en el
mundo ha ido en sostenido crecimiento, mientras que sus salarios se mantuvieron
estacados o perdieron capacidad de compra. No es necesario ser un genio para
entender a dónde fue esta diferencia entre productividad y salario. Pero
quieren más.
Otra
tierna explicación para legislar contra la voluntad del pueblo consiste en la
clásica idea de que no son los sindicatos los que gobiernan sino los gobiernos
electos. Pero sólo en Francia el 70 por ciento de la población está en contra
de la reforma jubilatoria y su “gobierno elegido por el pueblo” se resiste a
escuchar. Esta sordera es clásica y, a su vez, se justifica en otro ideoléxico:
“el gobierno debe actuar con responsabilidad, no con demagogia”. Otra vez:
responsabilidad ante el capital de acoso; demagogia por ejercer la democracia,
dándole al pueblo su derecho a decidir.
Todo
esto se podría solucionar con un sistema de democracia más directa, algo sobre
lo que desde hace décadas muchos escribimos, sobre todo a partir de las nuevas
herramientas digitales. Si los franceses pudiesen decidir en referéndums
regulares, en Francia no se habrían producido las masivas manifestaciones y los
destrozos urbanos que llevan semanas. Pero los ciudadanos comunes no tienen
otra herramienta efectiva que la rebelión, en casos violenta. Obviamente, esta
idea de democracia directa es peligrosa porque es una idea a favor de una
democracia real.
Como la
historia lo demuestra, el capitalismo es, por naturaleza, antidemocrático. Se
ha desarrollado desde la brutalidad y las matanzas en sus colonias; se ha
fortalecido con la esclavitud; se ha consolidado con las múltiples dictaduras
militares en Asia, África y América Latina. Incluso, últimamente, se ha sentido
más que cómodo con el comunismo chino. Cuando el capitalismo convivió con las
democracias liberales, no fue porque fuese un sistema democrático sino porque
es un gran manipulador, hasta el extremo de convencer a medio mundo de que
democracia y capitalismo son la misma cosa, ya que ambos se basan en la
libertad. Lo que se le olvida aclarar es que la democracia se refiere a la
libertad de los pueblos y el capitalismo la entiende como la libertad de los
capitales, es decir, de la dictatorial elite que hoy no sólo posee la mayor
parte de la riqueza del mundo, sino el control del sistema financiero mundial y
el casi monopolio de los medios de comunicaciones dominantes.
Los
franceses tienen una larga tradición de protestas sociales, pero además pueden
darse el lujo de rebelarse en las calles, ya que pocos los acusarán de
subdesarrollados. Los uruguayos, a pesar de su larga tradición de instituciones
democráticas como la educación, la salud y los derechos individuales es mucho
más tímido en sus reclamos. Su oligarquía, como todas, también tiene una larga
tradición de estigmatizar los avances de la democracia real, acusando a
cualquier reclamo popular de comunista (receta inoculada por la CIA en los años
50s y que sobrevive treinta años después de la Guerra Fría) al tiempo que lo
hacen en nombre de la democracia y la libertad.
La
(re)solución para Francia no es fácil en un contexto internacional secuestrado
por los amos del capital que exigen y hasta convencen a sus esclavos que
trabajen más años por la misma ración y que, además, lo hagan por voluntad
propia. Para Uruguay, por su contexto y por su tamaño, es más que difícil. Pero
en ambos casos, si la resistencia al dictado económico triunfa, podrían
erigirse en ejemplos peligrosos.
Por
estas razones, la única solución a largo plazo es la unión de una nueva
corriente de Países No Alineados o asociados por intereses comunes (culturales
y económicos) como, por ejemplo, América Latina.
Pero
claro, todos sabemos que la solución centenaria del capitalismo imperial ha
sido la desunión, la desmovilización y la desmoralización de las colonias y de
sus propios trabajadores. Tan larga es esta inoculación ideológica que hoy, en
las excolonias, los movimientos nacionalistas están en auge. Con un detalle: no
son el nacionalismo anticolonialista de los 60s en África, por ejemplo, sino un
reflejo cipayo y parasitario del nacionalismo imperial en sus propias colonias.
Fuente: Página/12
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