TODA FAKE NEWS ES POLÍTICA
Natalia Aruguete
Los contenidos que compartimos muchas veces incluyen información falsa
diseñada para generar un impacto social. Estas operaciones resultan en gran
medida exitosas porque conviven con nuestros prejuicios y/o necesidad de
reconfirmar nuestras creencias.
¿Por qué creemos cosas que son obviamente falsas? Porque pocas cosas en
este mundo son realmente obvias. Nuestras certezas se forjan a partir de las
relaciones que mantenemos con otras personas, de nuestra pertenencia a
comunidades o por lo que expresan actores o instituciones en las que confiamos.
De allí que cuanto más alejados estemos de la evidencia, más dependeremos de
creencias colectivas que nos inviten a sacar conclusiones –en ocasiones,
sesgadas– que median entre las cosas y sus indicios. Tan es así que las razones
que nos llevan a consumir noticias falsas no son muy distintas de aquellas que
nos motivan a republicar información que sí haya sido verificada. En gran
medida, porque los contenidos que compartimos en redes sociales nos interpelan
afectivamente y emocionalmente, independientemente de las pericias que podamos
hacer sobre ellos.
¿Cómo se crean las fake news? ¿Quiénes y por qué las viralizan? ¿Cuán
efectivas son en el diálogo político virtual? Estas inquietudes alcanzaron
niveles de preocupación descomunales durante la pandemia, en alguna medida
porque lograron instalarse en la agenda de preocupaciones de políticos, medios
y ciudadanos. Pero lo cierto es que no se trata de un fenómeno nuevo:
probablemente los daños pandémicos sean menos intensos que los generados en
campañas electorales, durante crisis políticas generalizadas o en los
escenarios destituyentes de los últimos años.
El libro Fake news, trolls y otros encantos muestra que la
eficacia de las estrategias de desinformación se explica, en parte, por la
ruptura de los consensos cognitivo, político y ciudadano.
RUPTURAS Y POLARIDADES
La ruptura del consenso cognitivo nos invita a aceptar evidencia que apoya
nuestras creencias y a descartar aquella que no coincide con lo que queremos
probar. El sesgo de confirmación –otra forma de expresarlo– nos lleva a buscar
aquellos datos que nos devuelven la respuesta que esperamos y confirman las
presuntas hipótesis de las que partimos.
Dicha ruptura puede ayudar a explicar la diferencia nada trivial entre
noticias falsas y fake news. Las noticias falsas se refieren a un contenido
espurio que no ha sido verificado, aun cuando no resulten de operaciones
tendientes a ofender o atacar a otros. Más importante aún, la noticia falsa
funciona para completar vacíos en la información toda vez que carecemos de
certezas que expliquen los eventos. Cuando la covid-19 recién empezaba a
expandirse en todos los continentes, Max Fisher explicó en el The New
York Times que “los rumores de curas secretas –cloro diluido, apagar
los dispositivos electrónicos, comer bananas– prometen la esperanza de
protección contra una amenaza a la que ni siquiera los líderes mundiales pueden
escapar”. Dicho de otra forma, cuanta mayor es la distancia entre los datos que
constatan los daños del virus y la información que aún permanece sin aclarar,
más intervienen nuestros prejuicios para explicar los alcances de la pandemia.
Presos de nuestros sesgos, acogemos recetas mágicas que disminuyan la
perplejidad dominante en tiempos de soledad y de distanciamiento que se
volvieron intolerables.
La ruptura del consenso político busca provocar una respuesta o producir un
efecto político. Cuando se ejerce violencia discursiva –dentro y fuera de las
redes sociales–, el objetivo no es informar sino generar un daño en el oponente
o aumentar la visibilidad de ciertos temas sobre los cuales se posee una
ventaja comparativa. Los partidos y sus dirigentes, los medios o algunas de
sus celebrities, las corporaciones y otro tipo de actores pueden
verse confiables al expresarse sobre ciertos asuntos por cuanto se les atribuye
idoneidad para manejarlos o pronunciarse sobre ellos. En la Argentina, el
peronismo es percibido frecuentemente por sus votantes como un partido que
tiene la capacidad para incrementar el empleo y distribuir el ingreso. El
macrismo, en cambio, apuesta a promesas en materia de seguridad ciudadana,
libertad individual y meritocracia. Por ello, no llama la atención que los
eventos impulsados por la oposición cambiemista que mayor visibilidad cobraron
entre sus estrategias comunicacionales –con elocuente contundencia en el
terreno digital– estuvieran relacionados con una preocupación latente en los
argentinos que se activa una y otra vez: la inseguridad ciudadana y el temor al
delito. Un asunto que ha vuelto a ubicarse entre los top five de
los sondeos de opinión.
NARRATIVAS BALCANIZADAS
Finalmente, se produce una ruptura del consenso ciudadano cuando las
narrativas políticas se balcanizan. Por ende, las creencias y la evidencia que
sostienen nuestros enunciados se distinguen de aquellos que promueven los
miembros de otras comunidades, con quienes disentimos hasta extremos
irreconciliables. Aquí es donde la polarización percibida juega un papel
fundamental. Lo que nos aleja de otros partidos como de sus dirigentes, por
caso, no depende de acuerdos o desacuerdos racionales con sus políticas. La
polarización afectiva se expresa en las emociones que despiertan en nosotros
los mensajes políticos: nos producen odio y asco o, por el contrario, nos
generan entusiasmo para compartirlos.
Esa respuesta afectiva también explica por qué se acogen fake news así como
cualquier otro tipo de contenido que se comparte, más allá de su verificación.
Las reacciones que observamos en redes sociales (compartir, responder, gustar
o, incluso, ignorar mensajes) no responden solamente a un alineamiento
cognitivo después de interpretar un evento lógicamente. Son, ante todo, una
defensa encendida de creencias propias ante los objetivos comunicacionales del
“otro”. Más allá de las disquisiciones exhaustivas, la información política nos
“hermana”, nos brinda un marco de contención en el plano afectivo, además del
ideológico. Los intensos, los violentos, aunque también los usuarios de a pie
buscamos datos que confirman nuestros prejuicios, los publicamos en las redes
sociales y aceptamos que nuestras convicciones y los datos fácticos que las
justifican se distingan de las de quienes nos atacan. En un mundo plagado de
violencias y abusos, el objetivo de un troll es callar a su oponente. La
efectividad de las fake news pasa por enlodar la cancha y vaciar la arena
discursiva.
Fuente: Caras y Caretas

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