El cineasta y ex senador
falleció en ParÃs
Pino Solanas: El nombre de la
militancia, el talento y el testimonio
Fernando "Pino" Solanas tenÃa 84 años y se
habÃa contagiado de coronavirus. El creador de La hora de los hornos y El
exilio de Gardel fue un artista y dirigente comprometido, y dejó una obra que
revolucionó la manera de hacer cine polÃtico en Argentina.
Por Mario Wainfeld
Pino Solanas era actualmente embajador argentino ante la
Unesco.
Imagen: Pablo Piovano
Fernando Solanas falleció en ParÃs, la ciudad
de su exilio y el de Gardel que inventó en una de sus pelÃculas. TenÃa
84 años, su biografÃa contuvo multitudes. Para sintetizar su legado se hace
imprescindible imitarlo: recuperar viejas palabras nobles y por eso pasadas de
moda para ciertas ideologÃas. Se fue un militante, un luchador, un
creador del carajo. Un compañero, un artista comprometido que transitó
muchos registros alcanzando marcas brillantes, un dirigente polÃtico que hizo
vibrar al Congreso con sus catilinarias, dividiendo aguas, sin acertar siempre
ni resignar coherencia.
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La hora de los hornos, que
dirigió junto a Octavio Getino funciona como sÃmbolo. Filmarla fue una proeza,
ir a verla un acto de iniciación polÃtica. Se presenciaba en exhibiciones
semiclandestinas, se vibraba colectivamente. El medio era el mensaje:
militantes la pelÃcula y el público, amucharse era la consigna. Por una vez
pero para toda esta nota se recomienda leer el brillante texto de Luciano
Monteagudo, publicado en la edición
web de este diario.
En Los hijos de Fierro transita del
documental a la alegorÃa, apelando a recursos de vanguardia. Para predicar en
la pantalla no alcanza con tener razón, hay que condimentarla con calidad.
El exilio de Gardel, tan
creativa como las mencionadas y tan distinta, logró tender un puente entre el
exilio exterior y el interno, entre otros logros.
Solanas recontó añoranzas de la tradición nac & pop y
la enriqueció con iluminaciones propias. Hace ya décadas entreveró en una
historia al último Roberto Goyeneche y a Fito Páez,
anticipando mixturas de la música popular.
Memorias del saqueo, opina este
cronista (espectador asiduo y raso), completa su póker de ases,
despuntando una saga de documentales urgentes. Lo mueven la
denuncia, el escándalo que tanto mentaba.
El director se hace protagonista con llamativo
autocontrol. Como su indignación es genuina grita poco con la cámara en
mano. Da la palabra a “los nadies”, los obreros del ferrocarril, los
habitantes de ciudades otrora prósperas y laboriosas transformadas en fantasmas
por la entrega de YPF. Pino entra a sus casas, comparte un mate, agradece
que le den helado. Más que reportearlos los induce a conversar, filo
monologando, a recordar los tiempos felices. Escucha, como un compañero. No
sonsaca agitado como un fiscal o un periodista mainstream.
La utopÃa de Solanas, casi siempre o siempre, mora en el
pasado, con el Estado benefactor, en el paÃs igualitario que construyó
el primer peronismo.
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Existen tópicos cuyo uso puede derrapar al panfleto o (lo
que es peor) a la redundancia. Pino gambeteaba el riesgo. Una escena de Memoria muestra una
bandera argentina gigantesca, descomunal, de sueño o de fantasÃa,
enarbolada por miles de personas en diciembre de 2001. La bandera, lo sabemos,
da para un barrido o un fregado. En manos de gente común, acariciada por la
cámara de Solanas, la banderaza escapa a la obviedad porque la blande el pueblo
altivo, que se la banca, resiste y no se deja arrear. El lugar común cede paso
a las ganas de salir del cine para romper todo o, mejor todavÃa, para militar.
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El final de Memoria contiene un tramo
profético, mujeres de pueblo batiendo redoblantes. Dura lo suyo, Pino no
escatimaba colores, tiempo, sonidos. Humo abundaba también. Plebeyas, osadas,
aguerridas, toreando “al enemigo” y a la estética convencional, las
percusionistas son un tableau vivant de la gesta callejera y de la
bravura polÃtica de la mujer argentina. Un anticipo de la gesta feminista
más reciente, la que pintó de verde calles y plazas.
Ya que estamos, vámonos al Congreso. Al gran
discurso durante el debate sobre la Interrupción Voluntaria del Embarazo.
Cálido y coloquial, Pino rescató un recuerdo conmovedor de la adolescencia: “A
los 16 me enamoré profundamente. Ella quedó embarazada. Al tiempo desapareció.
Perseguida por el miedo a la represión social terminó haciéndose un aborto
clandestino. Casi muere de una infección. Lo vivÃ, vivà el pánico de esa chica.
Yo no quiero una juventud con pánico”. En otro tramo imborrable
reivindicó el derecho humano de la mujer al goce, exaltado por las
feministas y, de ordinario, esquivo o hasta exótico al discurso polÃtico y al
tonto pundonor machista.
Hablemos del dirigente polÃtico, pues.
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“Peronistas somos todos”, bromeaba Juan Domingo
Perón. Solanas supo serlo también, lo que conlleva un rosario de
enfrentamientos con otros peronistas. Hacer polÃtica en serio implica
aborrecer. El vocabulario de Pino machacaba en “traiciones”,
“despojos”, “entregas”, “desguaces” y condenaba a sus autores. Se
ensañaba con los conversos, otra tradición imbatible.
Enfrentó por medios pacÃficos a las dictaduras, a la
derecha peronista. El menemismo lo sacó de quicio. Pasó a
oponérsele casi desde el inicio, denunció corrupción, fue baleado y herido.
Nunca se investigó en serio, es sencillo sospechar culpables.
Buen orador, empecinado y tenaz formó sus propios
partidos, llegó al Congreso con su fuerza o en coaliciones que incluyen una
efÃmera con la diputada Elisa Carrió.
Enfrentó al kirchnerismo tras algunos acercamientos
iniciales. La puja cesó en los últimos años, pródigos en reconciliaciones
entre peronistas. Olvidos, necesidad de unirse ante un adversario poderoso.
Los motivos de su encono anti K, opinables desde ya,
guardan congruencia con el ideario de Solanas. La polÃtica ferroviaria,
la defensa del medio ambiente, el antagonismo con el modelo extractivista.
Derechos y valores que linkeaban de volea con el peronismo original, con el
glorioso artÃculo 40 de la Constitución de 1949. De nuevo, el faro para el
futuro enraizaba en el ayer, en un gran paÃs que supimos conseguir.
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Para la sÃntesis en borrador baste señalar que no
se equivocó contra el neoliberalismo o las dictaduras. Que el promedio le
da coherencia, con picos elevadÃsimos.
Rayó más alto como cineasta que como referente polÃtico
pero su trayectoria es única y congruente. Lo animaba un ethos
opositor, acunado acaso en sus orÃgenes de izquierda peronista. Hay quien
cree que el kirchnerismo supo reperfilar ese pasado. No fue su caso… al
despedirlo serÃa berreta hacer centro en esa circunstancia.
Como dirigente, por ahÃ, incurrió en exceso de binarismo.
En una de esas el modelo al que dedicó elegÃas se estaba agotando o era
irrepetible. Como fuera, su vida despilfarró coherencia. Dio
testimonio en todas sus facetas.
Pasional, hiperactivo siguió haciendo cine vocacional
mientras fue legislador. Comparte con Hugo del Carril y Leonardo Favio
el podio de los grandes cineastas nacional populares. Su memoria, sus
alegatos, su obra, forman parte de esa identidad que revisitó, embelleció y
construyó. PaladÃn brillante y empedernido polemista, integra desde ayer ese
Panteón que ayudó a edificar.
Se lo llora ahora, sus imágenes continuarán
haciendo escuela y perdurarán en las retinas de millones. Acompañadas por
la más maravillosa música porque en eso también fue un maestro.
Fuente: Página/12

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