A 65 años del golpe contra Perón
Memoria
del 55
Por Eduardo Jozami
El discurso del Jefe del Cuerpo de Cadetes tenÃa todos los ingredientes
para impresionar: el tono marcial y las solemnes referencias a nuestro
compromiso con la Patria resultaban aún más impactantes en la oscuridad de esa
madrugada. La emoción fue fuerte, pero para convencernos plenamente, la arenga
debió aclarar en qué bando Ãbamos a combatir. Luego de tres dÃas de
tensa espera, el 19 de septiembre de 1955, los cadetes de los años superiores
del Liceo Militar General San MartÃn marchamos en formación por la ruta 8, unos
20 kilómetros, hasta llegar a un aserradero en el que acampamos todo el dÃa
sin que nos dijeran a quienes apoyábamos. Ya era noche cuando volvimos al
cuartel sin ninguna información. Lo mismo hicieron ese dÃa, el Colegio Militar
y la Escuela de Suboficiales: ese paseo era un alistamiento por si tenÃamos que
intervenir. Mientras, los jefes del golpe negociaban con la Junta de generales
leales. Perón ofreció a esa Junta su renuncia, pero durante unas horas no quedó
claro si la confirmaba. Entonces, la Armada que ya habÃa atacado Mar del Plata
amenazó con bombardear las destilerÃas de La Plata y Dock Sud. Después del
ataque aéreo en junio sobre la Plaza de Mayo, nadie dudó que lo anunciado podÃa
cumplirse.
Cuando trascendió la definitiva renuncia del presidente, rápidamente se
escucharon manifestaciones de júbilo. Este estado de
ánimo no era general, sin embargo, porque del pabellón de suboficiales no se
escuchaba nada parecido. De pronto, apareció el teniente Varela, un oficial
bajito y esmirriado, de rostro trigueño, cabello y bigote muy oscuros, y un
grupo numeroso comenzó a gritarle “peronista”. Confirmando los dichos de un
teórico reaccionario sobre el comportamiento de las multitudes, cada vez eran
más los que gritaban y lo hacÃan más fuerte, mientras Varela, molesto y
humillado, no negaba su condición de peronista. TodavÃa recuerdo esa mirada
digna de quien, acosado, no parecÃa tener miedo.
Al dÃa siguiente, el patio de estudios vivÃa la misma euforia: profesores
que nunca hablaban de polÃtica lucÃan escarapelas y se esforzaban por mostrarse
alegres. Me sorprendió la aparición del docente de Cultura Ciudadana, conocido
peronista, quien me saludó vivando a la Libertad. Cuando le pregunté por su
súbito giro polÃtico hizo referencia al conflicto con la Iglesia: no fueron
pocos los que obraron como él, pero recordé sus brillantes alegatos sobre las
transformaciones sociales impulsadas por el justicialismo y no me cayó
simpática esa súbita conversión.
En esos dÃas tuvimos visitas y mi padre, un hombre ajeno a las estridencias
y los gestos ampulosos, entró revoleando su sombrero Orión y gritando a voz en
cuello “Viva la Libertad”. Yo parecÃa contento como los otros, al fin y
al cabo no era peronista. Sin embargo, algo de esa euforia me parecÃa obscena.
Lo entendà mejor meses después cuando frente a la Facultad de Derecho và como
decenas de estudiantes, varones y mujeres, insultaban al hijo de un ministro
del gobierno derrocado con tal saña que recordé al teniente Varela.
Lo entendà un poco más el 9 de junio, cuando el levantamiento del general
Valle. La curiosidad me llevó a Plaza de Mayo, donde un grupo de manifestantes
coreaba. “Con Rojas y Aramburu, el pueblo está seguro”. ¿Cómo aprobar la
muerte de los que no podÃan ser más subversivos que quienes habÃan derrocado al
gobierno constitucional? Me pregunté el porqué de tanto odio, tan fuerte como
para que los altos jefes militares fusilaran a sus compañeros de armas. Años
después, leà Operación Masacre y en ese texto de Walsh que entonces tampoco era
peronista, sentà inequÃvocamente que el antiperonismo era tan ajeno a la
democracia como a la justicia social.
Volviendo al Liceo, la última experiencia que recuerdo ocurrió dÃas después
del golpe, cuando el Ejército controlaban San MartÃn y las zonas aledañas donde
se temÃan reacciones del activismo peronista. Me asignaron un grupo de cuatro
conscriptos –bastante mayores que yo- con un Fusil ametrallador Madzen 1926, a
mi cargo. Era razonable que tuviera esa misión porque ninguno de los
conscriptos conocÃa el arma y los cadetes habÃamos tirado con el fusil
ametrallador en más de una ocasión. Pero los soldados me recibieron como a un
pibe, me armaron una cama y dormà con el compromiso de que me avisaran de
cualquier incidente. OÃmos algunos tiros lejanos. Ahora pienso que habrÃa
patrullas cortando el tránsito en la ruta, lo que reducÃa la posibilidad de un
enfrentamiento. Mejor asÃ, porque no estaba anÃmicamente preparado para un
combate, pero más me preocupaba –dentro de la irrealidad de todo el cuadro- que
aquellos a quienes podrÃamos enfrentar no eran soldados de ningún ejército sino
habitantes de los barrios más humildes.
En septiembre de 1955 fue derrocado un gobierno que el año anterior habÃa
logrado más del 60 por ciento de los votos. Durante mucho tiempo se discutió si Perón habÃa hecho bien al renunciar,
cuando aún lo seguÃa la mayorÃa del Ejército, para evitar lo que imaginó como
una cruenta guerra civil. Es absurdo que se haya atribuÃdo a este presidente,
benevolente con quienes en 1951se alzaron contra su gobierno y en junio de 1955
bombardearon al pueblo, la responsabilidad histórica por la violencia argentina. Después
de Perón se gestó una tradición que alejó a las Fuerzas Armadas del pueblo, que
las acostumbró a la represión y naturalizó la intervención militar en la
polÃtica no para ayudar al crecimiento del paÃs y a la felicidad de su
pueblo sino para favorecer otros intereses, no los de la Nación.
Ernesto Sabato es autor de El otro rostro del peronismo, libro
que intenta diferenciarse pero termina pagando tributo al dominante discurso
antiperonista. Sin embargo, recoge un episodio emblemático, siempre recordado.
El golpe de septiembre encontró a Sábato en Salta, en casa de una familia
tradicional que celebraba con los mejores vinos el “fin de la tiranÃa”. En la
cocina, el escritor verá un espectáculo distinto, caras aborÃgenes teñidas de
tristeza y algunas lágrimas. Aunque muchos intelectuales tardaran en advertirlo
y las clases medias se creyeran grandes protagonistas, pocas veces fue
tan claro el sentido de un cambio polÃtico, lloraban los más humildes y
celebraban los más ricos.
Después hubo otros golpes, los militares no fueron los únicos responsables
ni los grandes beneficiarios. El paÃs nunca salió de esas experiencias más rico
ni más igualitario y los uniformados fueron llevados a tomar el poder una y
otra vez –en palabras de un ex jefe del Ejército sobre a dictadura de 1976-
“abandonando el camino de la legitimidad institucional”, y obteniendo “información
por métodos ilegÃtimos, llegando incluso a la supresión de la vida”.
Cuando se conoció esa AutocrÃtica del genera Balza, advertà la
significación de ese cuestionamiento, pero –como la gran mayorÃa de los
militantes por los derechos humanos- no celebré ese texto. Bregábamos entonces
por anular las leyes de impunidad y podÃa temerse que Menem utilizara ese texto
de Balza como el cierre de un debate. Hoy, cuando siguen desarrollándose los
juicios por delitos de lesa humanidad con alto consenso social y –como siempre
recuerda el Presidente- todos los oficiales han iniciado su carrera en
democracia, en unas Fuerzas en la que participan las mujeres y se avanza en la
perspectiva de género, es bueno recordar que la máxima autoridad del
Ejército, hace ya un cuarto de siglo, señaló que las Fuerzas no podÃan actuar
fuera de un marco de dignidad. No es necesario compartir las opiniones de
Balza sobre los orÃgenes del conflicto armado, para revalorizar ese documento.
Los años 70 parecen resumir lo bueno y lo malo, gobierno popular con gran
respaldo y después la dictadura más feroz. Todos debemos revisar esa historia, en un diálogo abierto, porque
ningún gobierno puede imponer los consensos de la sociedad. Pero para
que esa discusión sea fecunda, en un paÃs aún atónito por la liviandad con que
un ex presidente anunció un golpe y por el inadmisible cerco policial a la
residencia de Olivos, resulta necesario hoy profundizar el consenso
democrático. Esto requiere unas Fuerzas Armadas comprometidas con la democracia
y los Derechos Humanos, con el desarrollo argentino y la soberanÃa nacional. El
recorrido por mis experiencias juveniles fue el modo muy personal de plantear
una esperanza que comparte hoy la gran mayorÃa de los argentinos.

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