El FMI y sus huérfanos ideológicos
Por Alvaro GarcÃa
Linera
7 de mayo de 2023 - 14:44
Hubo un
tiempo en el que las “recomendaciones” del FMI sobre como reorganizar la
economÃa eran leÃdas, defendidas y ejecutadas como si tratara de un mandato
divino. Eran los años 90s del siglo pasado cuando cada estudio del curso de la
economÃa mundial o convenio alcanzado con tal o cual paÃs, no solo emanaba un enjundioso
optimismo histórico con lo que se estaba proponiendo, sino que, además, venia
acompañada de una apodÃctica y eficiente difusión piradimidal que iba de
ministros de economÃa, a parlamentarios; de asesores económicos de gobiernos; a
reconocidos empresarios locales; de prestigiosas universidades a comentaristas
de televisión y periódicos; de académicos a tertulianos de café, que se
relamÃan los labios con cada frase, con cada dato, con cada sugerencia de este
organismo internacional.
Eran
los tiempos del “gran consenso social” tejido por una profusa red molecular de
opinión publica dedicada a consentir que los sacrificios colectivos de la
pérdida de derechos, de la expropiación de bienes públicos y el abandono
estatal, iban a redimirse con un brillante éxito individual de volverse
empresario, accionista o director de empresa. Privatizar todo,
desproteger todo y dejar que el libre mercado se encargue del resto eran los
credos fundadores de un nuevo mundo de emprendedores, al que inmediatamente los
clérigos de esta religión acompañaban, en medio de responsos e incienso, con
frasecitas huecas como “achicar el estado para agrandar la nación”, “paÃs de
ganadores”, “distribución por goteo” o “fin de la historia”.
Pero al despuntar el siglo XXI todo comenzó a fracturarse. La pobreza, escondida debajo del tapete del “emprendedurismo” salto por los aires. Las desigualdades brutales quebraron consensos y el libre mercado corrÃa a arrodillarse ante el Estado para demandar rescates financieros o subvenciones; primero ante ante la crisis de las hipotecas subprime; luego ante el gran encierro del covid-19; luego ante el poderÃo productivo de China; luego ante la elevación de los precios de los combustibles; luego ante los quiebres bancarios; luego ante el cambio climático. La excepcionalidad ha devenido en regla.
Y ahora
resulta que, de ese gran principio supremo ordenador del capitalismo tardÃo, el
“libre mercado”, ya no queda nada más que la nostalgia. El 2020, el
Estado ha salvado a las empresas y a las bolsas de valores de las grandes
economÃas del norte. El comercio mundial y los capitales transfronterizos han
ralentizado estructuralmente su crecimiento; las subvenciones a la energÃa, los
alimentos y el consumo han desplazado a la libre oferta y demanda. La
“seguridad nacional” o el expansionismo geopolÃtico han asesinado a la ley de
la oferta y demanda para definir los precios de los combustibles, de las redes
de telecomunicaciones, de los microprocesadores o de la transición energética.
Europeos y norteamericanos premian con dinero público a los empresarios que
retraen sus cadenas de valor a cada paÃs y castigan la eficiencia de la
externalización de los costos. El globalismo está siendo sustituido por
el nacionalismo económico y la geopolÃtica.
Esto la
sabe el FMI. Y lo lamenta infinitamente. En un reciente estudio (Fragmentation
geoeconomic and the future of multilateralism), hace un recuento de este
catastrófico retroceso del libre mercado. Muestra
como después de un largo flujo globalista que va de 1980 al 2010, se ha entrado
en un reflujo que puede durar décadas. Para ello brinda datos del retraimiento
del comercio mundial de bienes, servicios y finanzas, con respecto al PIB, de
un 45% a un 33%. El incremento mundial, hasta en un 400%, de medidas
restrictivas y proteccionistas. Habla de encuestas que revelan el sustancial
aumento de la desconfianza social con la globalización (50%) y el crecimiento
de la demanda de medidas proyectivas (33%).El estudio también proporciona datos
sobre del terremoto en los imaginarios colectivos que está acompañando todo
esto al comprobar como es que las palabras de “seguridad nacional”,
“nearshoring” o “deslocalización” está sustituyendo de manera abrumadora el
viejo léxico mercantilista en las instituciones internacionales, empresarios y
directivos de empresas. Para rematar este panorama adverso, en el último
informe de abril sobre la economÃa mundial (World Economic Outlook), muestra
cómo es que la inversión extranjera directa de haber alcanzado un 5% con
respecto al PIB el año 2008, ha caÃdo a menos del 2% el 2022. Para ensombrecer
el efecto de estos hechos, los informes también señalan que estas “desgracias”
traerán una posible caÃda del PIB mundial del orden del 2 al 7% en los
siguientes años. Pero, a pesar de esto, no le queda más que admitir que lejos
de tratarse de un recodo en el camino que será enderezado por un inmediato y
triunfal regreso del libre mercado, esta “slowglobalization” es un hecho
estructural y de largo aliento.
Decir
estas cosas a una institución que durante décadas fue el oráculo del triunfo
inevitable del libre mercado, no es fácil. Acarrea traumas internos,
frustraciones existenciales y una catarata de contradicciones casi paranoicas.
Esto ya
se hizo manifiesto el 2020, cuando al finalizar el “gran encierro” ante la
pandemia, el FMI recomendó a los gobiernos de los paÃses, subir los impuestos a
los ricos y aumentar la inversión pública, tanto en protección social como en
capital (World Economic Outlook, 2020); exactamente todo lo contrario de lo que
habÃa exigido todos los 40 años previos. Más
desconcertante es aun comparar las anteriores imposiciones a los paÃses en
“vÃas de desarrollo” para que levanten barreras arancelarias, abran sus
mercados y acepten un mundo sin “perjudÃcales” fronteras, con la nueva teorÃa
fondomonetarista del semáforo de “compromisos diferenciales” (Outlook, 2023) en
el que cada paÃs podrá optar, de manera “pragmática”, por acuerdos comerciales
sin restricciones allá donde existen acuerdos globales (semáforo en verde);
acuerdos regionales, donde no hay alineamiento extendido de preferencias
(semáforo en amarillo); y medidas protectoras unilaterales, donde cada gobierno
opta por sus propios intereses internos (semáforo en rojo).
Pero
donde esta inversión lógica del mundo llega a groseras antinomias es cuando, en
el mismo documento se ofrecen dos caminos antagónicos para un mismo problema.
Frente a la crisis de la deuda soberana que en los últimos 5 años se ha
disparado en todo el mundo, el FMI exige, por una parte, la “consolidación
fiscal”, eufemismo para reducir la inversión pública, contraer gastos sociales
y despedir personal, como lo intenta imponer en Argentina. Pero,
por otra, le dedica todo un capitulo para demostrar que por experiencia
histórica comparada en 33 economÃas de mercado emergentes y 21 economÃas
desarrolladas, entre 1980 al 2019, los casos de contracción fiscal no han
generado una reducción significativa del endeudamiento. Y, por el contrario,
los datos facticos muestran que la expansión del gasto fiscal dirigida a
aumentar el PIB mediante un “choque positivo de oferta y demanda” reducen
notablemente los Ãndices del endeudamiento público hasta en un tercio.
Ciertamente esto una obviedad. Solo haciendo crecer la economÃa y los
ingresos que tiene el Estado, se puede recudir los porcentajes de deuda y pagar
los créditos; más aún en un mundo en que hay un repliegue estructural de la
inversión extranjera que está optando por refugiarse en los paÃses
económicamente más fuertes, por las altas tasas de interés que otorgan y la
incertidumbre económica que ha corroÃdo cualquier atisbo de confianza en el porvenir.
Milton
Friedman, guÃa espiritual de los tiempos neoliberales, recomendaba saber
“cuando la marea está cambiando” para poder volver efectiva una doctrina
económica. Se referÃa a tener la sensibilidad para comprender los cambios en la
opinión pública, en la atmosfera intelectual y en la gente común. Él lo supo
percibir en los años 70s, cuando el armazón keynesiano se desmoronaba y, junto
con otros, pudieron irradiar el nuevo credo económico. Pero está claro que hoy,
para comprender el nuevo “cambio de marea”, sus acólitos del FMI no lo están
haciendo con suficiente perspicacia.
Pero
donde el desquiciamiento cognitivo es mucho mayor, es en los hijos ideológicos
de los organismos internacionales del orden globalista.
Portadores de un entusiasmo liberal que compensa un recortado talento, todo el
ejercito de “analistas económicos”, consultores, profesores, polÃticos y
promotores del libre mercado que bebÃan del dogma derramado desde el FMI o el
BM, han quedado descocados. Su mundo plano se está hundiendo y no entienden por
qué.
Unos han optado por el estupor paralizante. Se sienten traicionados por una realidad que no se adecuó a sus profecÃas y les cambió las preguntas a sus respuestas. El resultado es el desconcierto ante una sociedad que ha extraviado su rumbo.
Otros han devenido en espectros llorosos de un orden económico que se está
desvaneciendo junto con sus certidumbres y, ante la evidencia, no queda más que
aferrarse a los recuerdos melancólicos de unos compromisos para los que la
historia aún no estaba preparada.
Y
finalmente están los hijos zombis, Se
trata de criaturas despiadadas nacidas y alimentadas por un tiempo histórico,
unos paradigmas y unas circunstancias económicas que hoy ya no existen más. El
consenso y optimismo globalista que les infundÃa vida ha muerto al igual que
ellos. Pero aún no se han dado cuenta o no lo aceptan; y deambulan furiosos
fagocitando las hilachas corrompidas del viejo orden arrastrado por la inercia
y el viento. A diferencia del espectro, que solo vagabundea por los rincones
de las conciencias patéticas, el zombi es violento y destructor. Como ya no
busca seducir con el libre mercado sino imponer y sancionar a sus detractores,
se proponen “dinamitar” las reglas económicas; compite por la rapidez de
“terapias de shock” y, hasta hay quienes resucitan chapuceras propuestas de
“vouchers” educativos. Son iliberales dispuestos a defender un liberalismo a
palos.
Con
todo, representan la memoria fósil de un fracaso que condujo a los estallidos
continentales del 2001-2003. Con la agravante que, a diferencia de entonces,
prometen no ser “blandos” y poner en regla a los revoltosos, es decir, más
desastres es espiral. Quizá a eso se referÃa Gramsci cuando hablaba de las
expresiones morbosas o monstruosas de una hegemonÃa desfalleciente propia de un
“interregno”.
Fuente: Página/12
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