Militancias
Por Sandra Russo
El de este año no fue un DÃa de la Militancia más. Este
martes fue un dÃa encendido, de pronto verde, tumultuoso en las calles, en el
Congreso, en los corazones palpitantes que por la pandemia siguieron desde sus
casas el paso de las horas. Ese revuelo --me gusta esta última palabra releÃda,
no como alboroto sino como reimpulso hacia arriba-- cayó además en medio de la
revulsión que provocó la ministra porteña Soledad Acuña, con su honestidad
brutal: es mentira que toda honestidad enaltece. La de Acuña le derritió la
mascarilla de mujer sedosa y dejó ver la mueca. Y no era novedosa porque la
misma mueca de vileza ya la vimos incontables veces. Es la mueca de la
necesidad de humillación y crueldad que los impulsa.Todos los argumentos de JxC
caen en su propia baba si se les saca el clasismo, la misoginia, el desprecio
por los sectores populares, la compulsión a provocar heridas narcisistas
colectivas. Y a su vez todo eso se sintetiza en su rechazo ontológico al
peronismo.
En rigor, fue como cada 17 de noviembre el DÃa de la
Militancia peronista, que rinde tributo a la obstinación con la que fueron
sobrellevados 18 años vergonzosos de nuestra historia que nunca han sido
pasados en limpio por esta sociedad. Desde 1956 hasta 1972, no se habÃa podido
ni siquiera pronunciar las palabras Perón, ni Evita, ni peronismo, ni
justicialismo ni nada que recordara “al régimen depuesto”. Cuando fue dictado,
ya habÃa habido golpe, bombardeos, fusilamientos. Todo para evitar “el
autoritarismo”, todo, como repiten hoy, en nombre de la “libertad”.
Fue entonces que se arraigó la idea del establishment
--dueño a su vez de las fábricas de sentido común-- de que este paÃs “sólo es
viable sin peronismo”, que es lo que vienen diciendo Macri y sus adláteres
desde hace años atrás de la mueca.
Pero es la militancia la que no se los permite, porque no
son grasitas que quieren vivir del Estado, como siguen injuriando, sino pueblo
que quiere representantes. Y quiere Estado, claro que sÃ, y tan presente y
cumplidor con sus promesas de campaña que un dÃa como el martes las saque de la
sombra y las ventile en el Congreso, para que el aborto legal, seguro y
gratuito sea ley.
Aunque estuvo prohibido, nunca dejó de existir peronismo.
En la clandestinidad, en grupos de cinco o seis. En miles de JP silvestres que
florecieron en todo el paÃs. Las turbulencias del 73 en adelante, que fueron
“resueltas” durante la dictadura con los 30.000 detenidos desparecidos, en su
mayor parte peronistas, obturó la lectura de qué habÃa pasado en este paÃs
durante esos 18 años en los que se normalizó decirle “democracia” a un sistema
que excluÃa a la fuerza polÃtica mayoritaria.
A todos esos militantes anónimos y anónimas que durante
esas casi dos décadas cobijaron una identidad polÃtica a la que siguieron
apegados los más humildes, a esas mujeres y varones que se expusieron a la
cárcel, al exilio, al ajusticiamiento, los militantes de hoy, los de tantas
otras causas, les deben el fuego y la certeza de que eso que nos inclina a una
lucha y toma la forma de una insistencia irreductible es lo que justifica
nuestras vidas. No son vidas vividas como proyectos individuales. Son la otra
cara de lo que nos siguen proponiendo los que cuando perdieron privilegios no
dudaron en soluciones finales, los que chillan cuando se los llama a colaborar
en una situación lÃmite mundial.
Fue un gran acierto del Presidente instar a hablar, a
partir de ahora, de “las militancias”. Es una marca de nuestra época. El
desprestigio de la polÃtica debe ser revertido con polÃtica virtuosa que, por
ejemplo y en este caso, consiste en cumplir la palabra empeñada para el voto.
El fenómeno es más fuerte en otros paÃses que en éste, en
el que precisamente el peronismo, y especialmente el kirchnerismo, le devolvió
la mÃstica transformadora a eso que parecÃa pura superestructura y bostezo de
chanta con viáticos. A la polÃtica. Pero hay que sumar demandas atendidas y
voces escuchadas. Hay que sumar tarea cumplida y afrontar las pulseadas
inevitables.
En efecto, hoy hay muchas militancias asà como hay muchos
feminismos. Enfrente está el fascismo, que desde Brasil se pregunta si ése es
“un paÃs de maricas” porque hay gente que se niega a morir de covid y reclama polÃtica
sanitaria. En todo el mundo dicen lo mismo. “El que se tenga que morir que se
muera”, como dijo Macri. En Europa hay toque de queda desde las 12 de la noche
en varios paÃses, pero hasta las 12 los jóvenes ya han tenido tiempo de
contagiarse. La segunda y tremenda ola parece hija directa de playas atestadas
en verano y ruptura de todas las prevenciones.
Frente a esa parte del mundo, extraviada y alienada,
“libre” de agitar su pulsión de muerte, hay otro mundo que no vemos porque los
medios no nos hablan de él, pero que existe. Que brota y se asocia, que
revienta, que explota, que surge asombroso de una generación nueva, como la
peruana, maltratada por la polÃtica sistemáticamente pero, por lo visto,
inspirada y hermana de la generación chilena que saltó los molinetes cuando
aumentaron el metro. Es la primera generación que tiene sus propias fuentes de
información y no cae en el hechizo de los grandes medios.
Los activismos son hongos que nacen entre los dedos
roñosos de un sistema que una vez y otra vez nos dice que entre la muerte y la
vida, opta por la muerte a gran escala de pueblos y ecosistemas. Las
mascarillas derretidas del Pro y la revulsión que provocan --por dar sólo los
últimos ejemplos, las afrentas a docentes, médicos y enfermeros, o los negociados
de Caba como el de Costa Salguero--, generan activismo. Hay que contener más y
más demandas. Darles cauce, interconectar las luchas, entender cómo todo ese
universo de peleas (por el aborto legal, por la tierra o el agua, por el techo,
por cualquier tipo de derechos) confluyen en la perspectiva de un mundo no
neoliberal. Todo lo demás viene después.
Solamente la articulación del universo no neoliberal
permitirá pensar hacia qué otro tipo de orden social, hacia qué nuevo contrato
colectivo marchamos. Es la gran encrucijada y es el desafÃo de los dirigentes
polÃticos populares de hoy. Hay que estar a la altura de la confianza
depositada en la polÃtica, porque es la única llave de una puerta que habrá que
abrir.
Fuente: Página/12

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