La libertad no
suena distante
Por César
Pucheta
8 de febrero
de 2024 - 19:44
Unas 200
personas detenidas por averiguación de antecedentes a la salida de un concierto
de Almendra. Casi 35 años después, la simple lectura de la noticia hasta puede
sonar ridÃcula. Pero sucedió, a comienzos de 1980, en la ciudad de La Plata,
que fue una de las paradas elegidas para el regreso de la banda que una década
atrás habÃan formado Luis Alberto Spinetta, Emilio Del Guercio, Edelmiro
Molinari y Rodolfo GarcÃa.
La vuelta del
grupo se produjo en un contexto polÃtico y social cargado de tensiones. La
euforia del Mundial obtenido en 1978 habÃa pasado, la polÃtica económica
impulsada por José Alfredo MartÃnez empezaba a dejar ver los rastros de su
fracaso y la represión ilegal ya no se podÃa esconder. Los ojos del mundo se
habÃa posado sobre la Argentina y hasta los Estados Unidos parecÃan haberle
soltado la mano a las cúpulas militares que todavÃa comandaba Jorge Rafael
Videla.
Las internas
militares eran cada vez más evidentes. En 1978 el paÃs habÃa estado a punto de
entrar en una guerra con Chile por el Canal de Beagle. En 1979 la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos visitó el paÃs y atendió una larga cola de
familiares de desaparecidos en pleno centro de Buenos Aires. Y ese mismo 1980
de las detenciones serÃa el año en que, el 13 de octubre, Adolfo Pérez Esquivel
recibirÃa el Premio Nobel de la Paz por su resistencia pacÃfica ante las
atrocidades.
Con esa
realidad como telón de fondo, el joven movimiento del rock argentino se habÃa
estancado. Desde el comienzo de la dictadura la producción discográfica empezó
un descenso pronunciado como parte de un proceso que obligó a muchos músicos a
exiliarse ante la persecución, las listas negras y la dificultad para actuar en
vivo en un paÃs que desarrollaba su dÃa a dÃa en un estado de sitio permanente.
Prácticamente no habÃa proyectos grupales y los eventos masivos representaban
una verdadera rareza.
Mientras el proyecto Serú Girán germinaba a pesar de la indiferencia del público, a Alberto Ohanian se le ocurrió proponerle a Spinetta la idea de una acción para revitalizar un espacio de pertenencia que la juventud que se habÃa desarrollado durante la dictadura no habÃa tenido la oportunidad de disfrutar. Y entonces, volvió Almendra.
Cuando la bola empezó a correrse no sólo fue un sacudón para los fans del rock argentino, las viejas audiencias que habÃan vibrado con los discos aparecidos en 1970 y los amantes de la música en general, sino también para los militares que tenÃan el aparato represivo lo suficientemente aceitado como para volver a salir a “cazar hippies”, como ya lo habÃan hecho una década atrás, cuando la otra dictadura, la de OnganÃa, Levingston y Lanusse, se encargó de organizar las razzias que llenaban colectivos de pelilargos y los amontonaban en las comisarÃas.
Con los centros clandestinos de
detención y extermino montados alrededor de todo el paÃs, el clima opresivo era
mucho más complejo. De hecho, unos años antes, el almirante Emilio Massera se habÃa referido
especÃficamente al rock en un discurso brindado en la Universidad del Salvador, donde habÃa sido galardonado
con el tÃtulo de profesor honorario.
“Los jóvenes se tornan indiferentes a
nuestro mundo y empiezan a edificar su universo que se superpone con el de los
adultos sin la menor intención, al principio, de agredirlo deliberadamente. Es
como si se limitaran a esperar con toda paciencia la extinción biológica de una
especie extraña e incomprensible; mientras, hacen de sà misma una casta fuerte,
se convierten en una sociedad secreta a la vista de todos, celebran sus ritos,
la música, la ropa, con total indiferencia y hoy buscan siempre
identificaciones horizontales, despreciando toda relación vertical”, describÃa.
Y agregaba: “Después, algunos de ellos trocarán su neutralidad, su pacifismo
abúlico, por el estremecimiento de la fe terrorista, derivación previsible de
una escalada sensorial de nÃtido itinerario, que comienza con una concepción
tan arbitrariamente sacralizadora del amor, que para ellos casi deja de ser una
ceremonia privada”.
“Se continúa con el amor promiscuo, se
prolonga en las drogas alucinógenas y en la ruptura de los últimos lazos con la
realidad objetiva común y desemboca al fin en la muerte, la ajena o la propia,
poco importa, ya que la destrucción estará justificada por la redención social
que algunos manipuladores, generalmente adultos, les han acercado para que
jerarquicen con una ideologÃa, lo que fue una carrera enloquecedora hacia la
más exasperada exaltación de los sentidos”, rezaba Massera en un discurso que
se coronaba con una declaración de guerra: “Estoy verdaderamente persuadido de
que la malversación del pensamiento y la inestabilidad de los valores en la
gente joven son las consecuencias más destructivas de la llamada crisis de
seguridad que definen a nuestra época”.
Los archivos de Dirección de Inteligencia de la PolicÃa de la Provincia de
Buenos Aires, la DIPBA, a partir de los cuales la Comisión Provincial de la Memoria elaboró una
serie de documentos historiográficos que retoman el accionar represivo que
durante más de 40 años tuvo lugar en territorio bonaerense, guardan un especial
apartado para lo sucedido en aquel enero platense.
El concierto estaba programado para el 4 de enero de 1980. Se iba
a desarrollar a partir de las 20.30 en la cancha de Estudiantes, que tenÃa su entrada principal
en la intersección de las calles 55 y 1. En diciembre, los conciertos habÃa
sido un éxito en el estadio de Obras Sanitarias,y la llama que los impulsores de la gira por el
paÃs se habÃan propuesto encender se empezaba a divisar por las provincias. Esa
situación hizo que los pedidos de informes se diseminaran tanto como la venta
de entradas.
De hecho, dÃas antes del concierto en Estudiantes, el Ministerio del Interior a
cargo de Albano
Harguindeguy habÃa puesto en conocimiento de los gobernadores una
caracterización precisa respecto a lo que debÃa observarse alrededor de la
banda que buscaba permisos para tocar en cada uno de sus distritos. “Ejecuta el
género musical denominado rock nacional y sus integrantes hacen alarde de su
adicción a las drogas, circunstancia que incluso es insinuada en las letras de
algunas canciones que interpretan, como asà también el desenfreno sexual y la
rebeldÃa ante nuestro sistema de vida tradicional”, decÃa en la misiva en la
que, en clave Massera, recomendaban denegar los permisos.
Cuando llegó a manos del entonces intendente Alberto Tettamanti, ya se
habÃan puesto a la venta unas 7 mil entradas, por lo que para evitar conflictos
mayore, la comuna prefirió “no innovar”. La Bonaerense, entonces, desplegó
entonces eso que ahora llamarÃamos “protocolo”, que incluyó la grabación del
concierto y un informe detallado de lo sucedido aquella noche. Con antecedentes
de los integrantes de la banda, lista de temas y letras de las canciones
interpretadas incluido.
Según se describe, “en el ambiente del estadio se
respiraba el aroma tÃpico de la picadura de marihuana”. HabÃa unas 1600
personas “de distintas edades, en su mayorÃa menores, los cuales vestÃan y
ofrecÃan un aspecto tÃpico de los denominados 'Hippys'". Asà escrito, con
una corrección que cambiaba la letra griega por la latina utilizada
originalmente. Más de 200 fueron demorados por averiguación de antecedentes,
aunque también trasladaron a la comisarÃa novena a dos jóvenes de 16 y 17 años
que “tenÃan en su poder un frasco de un perfume denominado ‘pachuli’,
juntamente con los palillos de madera balsa para su uso”.
Los informes de la DIPBA continuaron con las mismas
caracterÃsticas en el concierto brindado una par de semanas más tarde en el Estadio Mundialista de Mar del
Plata, donde según los espÃas llegaron, en plena temporada, unas siete mil
personas. El espectáculo fue declarado de Interés TurÃstico por la
Municipalidad de General Pueyrredón, en ese momento a cargo de Mario Russak.
Fuente: Página/12


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