Opinión
Argentino y mundial hasta la
muerte
Por Mario Wainfeld
Quienes lo lloran conocen su saga personal, sus
adicciones, el modo en que tramitó el beneficio-castigo de ser Diego Armando
Maradona, acaso la persona más conocida del mundo. Pero no lo lapidan lo que es
justo. Demasiada carga ser Maradona todo el tiempo. ¿Cuántos millones de
personas lo habrán tocado? preguntaba Miguel Rep. ¿Cómo se sobrelleva eso, en
especial cuando ya no se puede entrar a la cancha, romperla, jugar el juego que
mejor sabÃa y más le gustaba?
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El mejor gol se lo hizo a los ingleses. El mejor pase gol
se lo dio a Caniggia jugando contra Brasil. Un deportista o un luchador tienen
el tamaño de sus contrincantes. El consumó sus obras maestras contra los
inventores del fútbol y contra los rivales de la región, los pentacampeones.
SabÃa escoger.
En la cancha era generoso, solidario, abanderado. Minga
de tirarse al piso exagerando un foul o inventándolo. Al contrario, conmueve la
clásica imagen de Diego tocado por un rival de atrás, trastabillando,
comprometiendo todo su cuerpo para no caer, levantarse, empujarse con el torso
(usted perdone si parece loco pero era asÃ) rehabilitarse, reperfilarse,
encarar. Metamorfoseaba los tropiezos en gambetas.
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Esta columna rehuirá debates tentadores pero rozará
algunos. Por ejemplo, la comparación con Pelé. O Rei se consagró en una época
diferente, con menos presión en la marca, tiempo para recibir la pelota y
mirar… y juego muy brusco. Un crack. Un mal deportista, a veces: mala leche,
violento, lastimó o fracturó a algunos jugadores (como el argentino Mesiano en
1964) muy a propósito. Diego era leal por antonomasia, buen deportista en
sustancia: querÃa jugar a la pelota, siempre. Aun después del retiro, cuando
era DT intermitente. Cuando iba a una universidad británica y hacÃa jueguito
con una moneda. Un cuarto de hora glorioso para un penique.
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Diego, un genio con la pelota, lÃder de grupo, referente
para su equipo y emisor de señales en la sociedad. Un polemista de primera, un
antecesor de los tuits. Autor de frases redondas, breves, epigramáticas, ora
conmovedoras, ora provocativas, puntudas a menudo. Con un poder de sÃntesis
envidiable, toda la picardÃa de un reo de barrio, un ingenio único. “Me
cortaron las piernas”, “se le escapó la tortuga”, “la pelota no se mancha”, “le
dicen sanguchito porque siempre está al lado de la torta”. Y también trasgrediendo
la corrección polÃtica, “la tenés adentro”.
Comunicador lujoso e implacable porque tenÃa ideas, una
velocidad superior a muchos comunicadores de postÃn: repentizaba al aire,
contestaba de volea. ConocÃa lo primero que debe saberse para opinar: elegir
amigos, amores, oponentes, enemigos.
Vaya como digresión, se lució conduciendo un programa
masivo de tevé, una tarea por demás compleja. TransmitÃa en varios formatos,
los goles el supremo… pero vaya si descollaba en otros.
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Plebeyo de nacimiento y antigarca visceral, se llenaba la
boca con su barrio, su casa, sus viejos. Tampoco debatiremos si es pertinente o
distorsivo o patriotero cantar los himnos antes de los partidos. Pero la escena
en la final de Italia con tanto tano del norte chiflando y Diego puteándolos a
viva voz, sosteniéndose apenas sobre un tobillo masacrado, sugiere que el
patriotismo aflora en momentos inopinados. La Vulgata deportiva exalta cómo
cantan el himno los Pumas (elogiables al mango) pero ese logro queda segundo en
el podio. Diego en Roma superó todo, era su costumbre.
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Morocho, onda chueco y retacón, saltó a la misma altura
que el Shilton, el arquero (que le llevarÃa una cabeza), cuando metió el
gol con la mano. ¿Cuál fue el mejor gol a los ingleses? ¿El de la mano? ¿El de
la gambeta interminable, superando como postes a los gringos que le salÃan de a
uno en fondo como en una vieja pelÃcula del Far West o de karate? Los códigos
de estilo aconsejan enaltecer el dribbling, deplorar la picardÃa llamándola
trampa. Y bué. Este cronista mociona que Maradona fue todo eso junto, las dos
pepas y la impagable expresión “la mano de Dios” que dejarÃa patitieso a
cualquier fiscal del planeta. Para confesión no basta. Para buen entendedor, un
guiño. Les ganamos, qué le vas a hacer, aceptame una ironÃa, venga un abrazo,
te doy mi camiseta.
Ya que estamos: sobran fiscales en estas pampas, sobran
buchones premiados (a los que se apoda “arrepentidos”), ofende dignidades una
funcionaria porteña que incita a las familias a buchonear maestros. Sobraron en
vida de Diego fiscales mediáticos que cuestionaron desmesuras, descuidos,
vaivenes tremendos de la vida privada. Que gastó mucha guita cuando se casó,
que fue promiscuo o infiel, que los amigos, que los entornos. Agreden,
intrusan, comunicadores que no saben conjugar verbos regulares y cobran
fortunas. Fisgones que hablaban de autopsias, de averiguar "qué pasó"
mientras gentes del común se dedicaban a consolarse, a amucharse, a preguntarse
“¿te acordás de cuándo..?” La despedida la darán los nadies, la gente de a pie,
será nutrida y pasional. No hace falta ser adivino para predecirlo.
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De cebollita a campeón, se bebió la vida a velocidad
imparable. Alguna vez caminó despacio de la mano de aquella enfermera yanqui.
La asió acaso con candidez, se fue yendo a su cadalso. HabÃa jugado dos
partidos formidables en ese Mundial. En el primero, contra Grecia, metió un
golazo y lo festejó con un rugido ante una cámara de tevé. Otro cortometraje
sobre la vida de Diego.
Existieron en tiempos remotos Ãdolos deportivos surgidos
desde abajo, burlones, provocadores. El Mono Gatica, Oscar Bonavena. PÃcaros,
mal entretenidos, cachafaces. No rayaron tan alto en sus actividades ni fueron
tan agudos en sus epigramas.
Dador de alegrÃas, creador de escenas preciosas,
inspirador de decenas de canciones populares, protagonista clavado de pelÃculas
de surtido pelaje, Maradona se va dejando llorosos a los argentinos, desolados
a sus compañeros. La gente sale a las calles de Nápoles o de la Argentina
porque se les fue un cachito lindo de la existencia. Un don reservado a tan
pocos.
Este cronista lo vio jugar la final del torneo Evita en
los ‘70, debutar en la Selección, gozó de su juego en el Mundial juvenil de
Japón, deliró en México, lo padeció en Boca-River. Disfrutó de sus
intervenciones, su desparpajo... Refractario a valerse del verbo “sentir”
en sus notas, se rectifica hoy: siente la pérdida, el momento del adiós.
Termina esta columna para irse rajando a ver tevé, los goles que conoce de
memoria, las jugadas que podrÃa dibujar si tuviera destreza. Sabe que lo va a
extrañar y que, también en eso, es (nada más ni nada menos) uno más entre
millones de personas de todo el planeta.
Fuente: Página/12

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